jueves, 29 de abril de 2010

43º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



43º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA
NEVANDO EN LA GUINEA
NºLXIII 30-04-2010

EDITORIAL LXIII
El Día del Trabajo,
La Cultura del Trabajo


El 1º de Mayo se conmemora el Día de los Trabajadores. En prácticamente todo el mundo se convocan manifestaciones, que culminan en algunos casos en comidas y festejos populares mientras que en otros es fuente de enfrentamientos violentos, señal de que las cosas continúan mal para amplios sectores de la clase trabajadora. De hecho, se estableció esta jornada tras una matanza de obreros que se habían encerrado en una fábrica en los Estados Unidos, país donde la clase trabajadora se organizó con fuerza a finales del XIX y hasta mediados del XX mantuvo su vigor reivindicativo.

La Revolución Industrial que se intensificó a partir de mediados del siglo XVIII en Europa cambió completamente la sociedad en Europa, Estados Unidos, América y prácticamente todo el mundo. Hubo una expansión mundial consecuencia de un proceso de acumulación de capital y que venía acompañado por procesos de migraciones enormes, entre ellos el de la esclavitud, o la feroz explotación de los obreros de los grandes centros industriales. Pero no sólo modificó las relaciones sociales entre las personas, también incidió en la cultura. Hasta ese momento, la cultura popular era esencialmente campesina, ligada a los ciclos de la tierra, mientras que se iniciaba en las ciudades una cultura propia que poco a poco fue tomando fuerza hasta culminar en lo que podíamos llamar una cultura burguesa de la que la novela decimonónica es en cierto modo hija. Gustave Flaubert, Galdós, Guy de Maupassant, Eça de Queiroz, Mazzini, Stendal, o Clarín, por citar sólo unos pocos escritores, escribían para y eran leídos por una burguesía ávida de conocimiento, pero sobre todo de estética, de una pretendida cultura, a veces pretenciosa, que suavizara la dureza de la vida. Se desarrollaron las artes, entre ellas las artes decorativas, las que modificaban profundamente el ambiente de las personas.

Pero esa literatura que describía la vida burguesa se interesó también por la situación de la clase obrera y de los sectores populares. El realismo se impuso en Europa y uno de los extremos de ese movimiento desembocó en el naturalismo, fomentado por Balzac en Francia y cuya introductora en España fue Emilia Pardo Bazán. Había que describir lo real, con objetividad, pero tomando posición frente a los conflictos sociales. Había que recoger la vida, con toda su fuerza y toda su envergadura. Se cuestionó la moral imperante y los escritores rusos plantearon temas éticos de un modo extremo.

Pero no todo iba a ser mera descripción en ese mundo industrial que se desarrolló a lo largo del siglo XX. La Revolución Rusa y la crisis del periodo de entreguerras abrieron una época de imaginación desbocada que parecía buscar darle la vuelta a las cosas. El enardecimiento del progreso, una crítica voraz al orden del mundo y la búsqueda de un mundo distinto, más humano y solidario, penetró con fuerza en la literatura europea y americana. «L´ Espoir» (La Esperanza) fue el título que dio Malraux a una de sus novelas.

No fue sólo la literatura la que recogió toda esa cultura industrial y obrera, se materializó también en otras artes, como la pintura, en este sentido habría que recordar al mexicano Diego Rivera, la música, con una sonoridad casi metálica, el teatro, pero sobre todo el cine. Toda la cultura parecía sumergirse en ese mundo de la industria.

Ahora que hemos dejado atrás el siglo XX parece que se cuestiona esa cultura del trabajo. Sin duda están cambiando los paradigmas, se debate el concepto trabajo y las nuevas tecnologías han transformado completamente el mundo del trabajo y sin duda de las artes. Sin embargo, creemos que no pueden ser cantos de sirena: las grandes masas de trabajadores se concentran hoy en muchas ciudades de América Latina o Asia. La realidad de las Maquilas en América Central o de las fábricas de China o de India demuestra que la explotación de la que hablaban los revolucionarios de otras épocas no ha dejado de existir. Es cierto que la experiencia del estalinismo no nos gusta, pero tampoco el mundo posterior a la caída del muro nos parece el mejor de los mundos, nada más lejos. Por eso, sin caer en nostalgias de otros tiempos, reivindicamos la necesidad de la protesta y la subversión frente a la explotación y el desorden del mundo. Creemos también que la cultura, como venimos defendiendo en editoriales anteriores, porque puede ser un instrumento de subversión sin igual. En ello estamos.



SED DE HUMANIDAD

Dos coches, una casa con parking y dos mandos a distancia,
dos ordenadores portátiles y uno de sobremesa,
tres Dvd’s, tres televisores, dos microondas,
un perro con pedigrí, un selecto mini-bar,
un sofá de cara al televisor; lavadora, frigorífico, secadora;
dos polvos por semana y cuatro pajas al mes,
una cama y una lámpara en cada mesita de noche,
fotografías con sonrisa, cepillos dentales juntos,
tres cuentas en distintos bancos; una hipoteca,
seguros de hogar, de coche y de vida,
un plan de pensiones vacío y una tarta en cada cumpleaños,
un balcón con macetas, una pequeña biblioteca;
aspiradora, perfumes y bombones, papel higiénico,
un viaje cada dos años, vacaciones en casa,
camisas y pantalones para mudar, besos sorpresa,
dos trajes, una palmada en la espalda; se prueba
con la televisión, con visitas a los restaurantes,
la comida, el alcohol, el tabaco, la pornografía,
la autoficción, los blogs, el cine clásico,
el fútbol, la Coca-Cola, el McDonalds’s,
el jazz, el flamenco, el rock, el urban, el pop.
¡Nada! ¡Solamente una cosa puede apaliar mi sed!
Mi sed radica en las relaciones humanas.
Tengo sed de humanidad, de nociva humanidad.
Me refugio en mi jaula de oro y veo la vida pasar.
Entro en el juego una y otra vez; me digo:
-Ésta vez será realidad, ésta vez será posible-
y caigo, caigo desnudo en el barro, salpico a quienes quiero,
los engulle mi personalidad sedienta, despacio y súbitamente.
Cojo aire al dormir y otra vez me levanto desde mi verdad,
cuando me doy cuenta de que podría ser feliz
vuelvo a aspirar al vaso vacío, al mundo lejano,
a la compañía desierta, sé que hay otra vida tras esta muerte.
Aunque se esconde de mí como las ratas de mi ciudad.



Por Cecilio Olivero Muñoz



El vecino


Lo veía contemplar la calle. Estaba con frecuencia de pie ante la amplia ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón o de la bata, la mirada perdida en un punto cualquier, o sentado a veces en un butacón, siempre puestos los ojos en la calle, fuera de su casa. A veces miraba hacia mi ventana tras la que estaba yo, sentado a mi mesa y ante mi ordenador, con frecuencia ajeno a lo que pasaba fuera. Ignoro si me veía, si me observaba. Parecía en todo caso que siguiera muy atento a mi vida, a mi quietud, sentado siempre, escribiendo sin parar, tal vez por ello no me parecía que fuera yo a ser un objeto de estudio muy interesante para nadie, tan calmada y sosegada era mi vida. En todo caso, debía de ser la novedad, acababa yo de llegar al piso donde siempre habían vivido mujeres y de pronto aparecía un hombre con costumbres aparentemente sedentarias, que se pasaba todas las mañanas escribiendo en el ordenador, es lo que vería él, lo que le llamaría su atención, sin duda, y quizá deseara algo más de movimiento en este lado de la calle que contrastara con su rutina, tan lenta. A mí su presencia en el mirador, al otro lado de la calle, me fue despertando también curiosidad. Un vecino de los de toda la vida, pensé, ese puñado de vecinos del barrio más afamado de Lisboa que siempre habían residido en la misma casa, en el mismo barrio, en la misma esquina de la ciudad y que ahora convivían con estudiantes, bohemios y extranjeros que se establecían en la ciudad.
Recuerdo que Eva me habló de él cuando me dejó el piso, siempre está en la ventana, me dijo, mirando hacia aquí. Os ha vigilado a vosotras, le pregunté. No, vigila la vida, contestó. Tenía razón. Eso es al menos lo que concluí. Al fin y al cabo había muchas personas como él, ancianos que vivían solos, que apenas salían y que se convertían en mero espectadores de una calle que conocían al dedillo por haber pasado en ella toda su larga vida.
Él salía muy poco, ciertamente, apenas un par de veces a la semana, casi siempre para dar una vuelta a la manzana. Me había acostumbrado a conocer sus hábitos. Se levantaba temprano. Cuando yo me ponía a trabajar, en la mesa de mi despacho, junto a la ventana desde la cual le observaba y él me observaba a mí, ya estaba de pie. Pasadas las diez llegaba una mujer. Pensé que debía de ser su hija. Le llevaba comida, el periódico. A veces conservaban junto a la ventana y a media mañana la mujer se marchaba. Charlaban sosegadamente e imaginé que ella le preguntaría si estaba bien, si tenía algún problema a lo largo del día, si necesitaba algo que ella pudiera traerle. Sin duda le haría la comida, se la dejaría preparada. Nadie más le visitaba. No había más familia, otros hijos, nietos, tampoco amigos. Eso imaginé yo, al menos. Se pasaba el día solo, junto a la ventana de la que desparecía de vez en cuando para dar vueltas por la casa.
Tres veces me crucé con él en la calle. Las dos primeras nos miramos sin decirnos nada. Esbozamos sólo una mera sonrisa a modo de saludo, la de dos personas que se conocen pero que nunca llegaron a hablar, a establecer una mínima amistad. La segunda, antesdeayer, se paró ante mí. Lleva una vida excesivamente tranquila, joven, me soltó de sopetón. Sí, farfullé sin saber muy bien qué decirle. Sonrió. Seguro que llevaría antes una vida más agitada, dijo. Sonreí, fue mi única respuesta. No quería tampoco desengañarle. Quiere un café, propuso. Acepté. Parecía con ganas de hablar, de sentirse menos solo, de compartir un espacio no sólo físico, también mental con otro ser humano. Yo, además, sentía curiosidad por saber algo de él.
Ha vivido aquí siempre, le pregunté en cuanto nos sentamos a la mesa de un café. Tardó en responder. Nací aquí, me dijo tras un silencio breve, como si tuviera que pensar las palabras a pronunciar, pero viví fuera durante mucho tiempo. Guardó silencio de nuevo, pero no hizo falta que le preguntara nada para que siguiera hablando, de inmediato se puso a contar. Aquellas ensenadas de Guinea Bissau, continuó, fue lo más hermoso que vi nunca, todo de un verde intenso acompañado de miles de colores, toda la gama de colores ante tus ojos, ¿se lo puede imaginar?
Comenzó a describirme aquella naturaleza con una precisión que me llegó a turbar, era como tenerlo delante, como si con sus palabras dibujara los paisajes de aquella Guinea de su memoria. Me habló de los árboles retorcidos como si les doliera el alma, me habló de playas de arena blanca junto a un mar de un azul luminoso, me habló de flores enormes y bellas.
Me contó que fue allí en el periodo colonial. Todos le vaticinaban un futuro esplendoroso. Había estudiado una carrera técnica, logró ese trabajo que le iba a proporcionar un buen porvenir. Pude haber sido feliz, me confesó. La pregunta me resultó inevitable, ¿qué ocurrió? Su silencio fue más largo esta vez. Cerró los ojos. Necesitaba atrapar seguramente aquel pasado, retenerlo, sentirlo. No soporto las injusticias, me dijo, no las soporté entonces, vi bien a las claras las mentiras que nos contaban aquí, ya sabe: que trataban bien a los nativos, que los ayudaban a prosperar, los civilizaban, ¿se imagina?, y que eran felices con nosotros. Lo que me encontré fueron esclavos que trabajaban todo el día por un plato de arroz y algo de carne podrida.
Había focos de resistencia, al principio ínfimos. Los colonizadores se creían intocables, veían a los nativos como tontos inocentes incapaces de rebelarse. Pero era evidente, dijo, que aquello no podía durar. La cosa se agrandó, me dijo tras un breve silencio, y yo me puse en contacto con ellos, fue casi por casualidad, hasta cierto punto un acto natural, una consecuencia de mi desagrado ante lo que hacíamos allí, por ello les proporcioné datos de las infraestructuras en las que yo trabajaba, ellos los boicoteaban y comenzaron a hacer daño, un daño de verdad, y le confieso que nunca me sentí culpable, muchos me odiaron cuando se supo, traidor me llamaron algunos, tal vez usted lo piense, no lo sé, quizá me lo reproche, pero nunca me vi como tal, un traidor, aunque tampoco me considero un héroe, hice simplemente lo que tenía que hacer.
Creo que pese a todo no podía evitar, aunque no lo reconociese, sentir algo de culpabilidad, los lazos de sangre con frecuencia son excesivos. El ejército empezó a sospechar de él. Por suerte, no era el único que cuestionaba el papel del imperio y que tuvo un papel ambiguo ante la realidad. Le avisaron a tiempo. La guerrilla le ayudó, tenía lazos con el exterior, mecanismo de fuga. Se fue al exilio. Vivió lejos mucho tiempo, lejos de la colonia, lejos de la metrópoli. La guerra empezó a ser encarnizada. Él la vivió en la distancia, a veces intentó ser otro hombre, que todo aquello no fuera consigo, pero leía todos los días lo que la prensa comentaba del conflicto. El día de la independencia fue el más feliz de su vida. Le llamaron por teléfono, todo se acabó, le dijeron, lloró de felicidad y de nostalgia.
- ¿Regresó?
- No, nunca. Por miedo imagino.
- ¿Miedo a qué?
- A encontrar otra cosa.
Nos despedimos frente a su portal. Le debo un café, le dije, espero otra tarde para que me cuente más. Sonrió con tristeza. Nos dimos la mano.
A la mañana siguiente su hija apareció temprano. Me extrañó ver que entraban dos personas más. Noté movimiento. No vi a nadie en la ventana. Imaginé lo peor. A media mañana dejé mi despacho, salí, crucé a la calle y llamé al timbre de su casa. Una voz de mujer me respondió. Sí, dijo. Conozco a su padre, comenté. No estaba muy seguro de que fuera su hija. Me abrió la puerta. Subí. Me recibió la mujer con los ojos enrojecidos. Murió esta mañana, me anunció.
Hoy ha sido el entierro. Éramos pocos, la hija, dos acompañantes, supuse que el marido y un hermano, y el embajador de Guinea en Lisboa. Antes de marchar me acerqué a la hija. No sabía que se conocieran, me dijo, nunca me habló de usted. Hacía poco que nos tratábamos, reconocí. Sonrió tristemente.
He vuelto a mirar la ventana de enfrente nada más llegar a casa. Me hubiera gustado encontrármelo de nuevo, verlo sentado en su butacón y que nos volviéramos a ver para que me contara algo más de sus recuerdos.

Juan A. Herrero Díez




YO YA NO CREO EN DIOS

Estábamos tumbados en la cama, era demasiado tarde;
tú de espaldas a mí y yo de cara a tus espaldas,
de pronto dijiste contra el aire en silencio de la noche:
-Yo ya no creo en Dios, ya no creo que Dios exista,
se ha llevado a mi madre; mi madre nunca hizo ningún daño-.
Parecías una niña rabiosa, enfadada, y al mismo tiempo,
tierna y lastimada, frágil e impía, rencorosa y débil;
daban ganas de tenerte piedad, lástima, compasión,
trasmitías las mismas sensaciones que trasmiten
esos niños inocentes a los que se les niega la paz,
el alimento, la vida, la ilusión, un juguete, una sonrisa, un beso;
aunque lo merezcan todo; tú merecías esa piedad compasiva.
Yo te dije:-Pero Dios existe, debe haber algo ahí arriba-.
Tú dijiste: -No, no hay nada; mi madre no se lo merecía-.
Yo te dije: -No tengo palabras para lo que le pasó a tu madre-.
Suspiraste, luego callaste largo rato.
Yo te creía dormida, te creía ya levitando tu sueño.
Te acaricié el cabello, te acaricié la mejilla, te besé,
acerqué mi mano por tu mejilla y la noté húmeda;
te dije: -¿Por qué lloras? Tú contestaste: -¡Dios, Dios, Dios!-.
-¿¡Qué!?- Te dije yo. –Dios es un monstruo sí existe-.
Quisiera consolarte, pero no tengo palabras para ello;
a no ser que intentara consolarte como se consuela a un niño.
-No digas nada, yo ya sé todo lo que se debería saberse-
Hubo un silencio, un silencio rotundo y tajante.
No había explicación para tanta injusticia, los dos lo sabíamos.
Luego dormiste, parecías una niña en paz; mientras,
un Dios pequeño velaba tu hastío de lágrimas secas y calientes.



Por Cecilio Olivero Muñoz





EL ÁGUILA


Una tarde, paseando con mi amigo Miguel por el monte del zorro, oímos un par de tiros, sin darle importancia, pues caminábamos por una zona de caza. Cual fue nuestra sorpresa, que en aquel instante a unos diez metros, calló algo al suelo que no pudimos distinguir. Miguel se acercó con mucho cuidado, pero al caer detrás de unas matas seguía sin distinguir de qué se trataba así que rodeó al obstáculo pudiendo ver entonces que aquello caído del cielo era un pájaro muy grande con un ala mal herida, era un águila.
Estuvimos unos instantes quietos, ante esa águila sin saber que hacer, hasta que Miguel decidió llevárselo a casa. Vivíamos a las afueras del pueblo, era una casita con su terrenito donde yo sembraba la hortaliza para el gasto de la casa. Vivía cerca de Miguel, pues me encargaba de su establo.
Seguíamos ante el águila sin saber como llevarlo ya que su ala estaba destrozada. Miguel se quitó la cazadora de cuero que llevaba, lo tapó un poco y como pudo lo cogió. Ninguno de los dos sabíamos cómo curarlo, pero yo me espabilé, entablillé la pata cómo pude y le curé el ala con un vendaje.
Miguel tenía un hermano carnicero, a quien visitó y pidió que los desperdicios de carne que guardaba habitualmente para los gatos y los perros, se los diera a él para poder alimentar al águila. Su hermano le dijo que no había problema y que cogiera todo lo que necesitara.
Miguel marcho de caminó a casa con todo el alimento para Juanillo, que así pusieron de nombre al Águila, bajo el brazo. Día tras día, iba Miguel a recoger los desperdicios de la carnicería para alimentar a Juanillo que poco a poco mejoró.
Una mañana, después de darle de comer lo subimos a la terraza para que él mismo se entrenara y así poder echar a volar cuando estuviera totalmente recuperado, todos los días lo subíamos al tejado sin respuesta alguna hasta que un día arrancó el vuelo y marchó. Nos quedamos mirando al cielo, preguntándonos si volveríamos a verlo. Tanto la familia de Miguel como lo mía, mis hijos, mi mujer, cogimos mucho cariño a Juanillo mientras estuvo entre nosotros.
Aquella misma noche mientras veíamos la televisión, mi hijo gritó: ¡Papa! ¡Papa! ¡que Juanillo está en la ventana! Salimos todos a recibirle con una alegría inmensa, pensábamos que jamás volveríamos a verlo. Le abrí la puerta del cubierto, que era donde había dormido los últimos días, y allí se aposentó.
La mañana siguiente, cuando Miguel se levantó, se llevó una gran sorpresa, allí estaba Juanillo esperando su comida para echar a volar de nuevo, y así fue, pero algo nos decía que aquella noche volvería al cubierto. Más de dos años estuvo Juanillo volviendo al cubierto cada noche y esperando su ración de comida cada mañana, hasta que ocurrió lo peor. Hubo una noche que Juanillo no regresó, y entendimos que fue pasto para cazadores. La tristeza invadió nuestros corazones.


Por Juan Antonio Quirós Martos
07-03-2008



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SELECCIÓN DE POEMAS
POR BRUNO JORDÁN

LA TERNURA DE LOS PUEBLOS


Llegaron a un acuerdo:
dos toneladas de bonos,
una comisión de expertos en alza,
varios equipos de provecho,
interesantes ventajas,
beneficiosas acciones
y bálsamos con descuento,
en concepto de intenciones,
del 0'7%.

***

Veinticuatro horas en la vida de Nadie


Hay noches que son lamento,
lamento de grito opaco,
de gemido seco,
de desuelo.

Hay noches que no son noches:
lamento desnudo solo.

Hay noches que son lejano
remoto dolor aullido,
de ausencia siempre,
de nunca.

Hay noches que no son noches:
son jamás.

Y hay noches que no son
lamentos lejanos aullidos secos ausentes.
Son noches difíciles.



Hay días que son blanco,
claridad mate sin huecos,
luz llana continua,
tenue superficie
rasa,
sin accidentes;
plano certero:
perfecto
blanco.

Hay días que son buenos,
buenos días,
buenas intenciones,
amable transcurso plácido del tiempo,
los mejores
deseos.

Y hay días que no son
sino malos días,
días que no son días
cuando esperan la noche.

***

TEMERARIO



Después de escribir
y de releerlo despacio
articulando sílaba a sílaba,
constatando letra por letra
que me gusta vivir,
la vida, que me arrastra

...siguió sin importarme mucho
esa certeza
con que me la estaba quitando.


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POEMAS COTIDIANOS
POR CECILIO OLIVERO MUÑOZ


EN EL MISMO BARCO

Estamos todos en el mismo barco,
cuando tú ríes yo lloro,
cuando tú lamentas yo estoy alegre,
nos miramos a los ojos
y se nos contagia la sonrisa y el bostezo,
se nos contagia la alegría
y cuando la tristeza es evidente
una bandera de luto se esconde
en el subtítulo escondido del atardecer.
Estamos en el mismo barco,
tú caminas si yo camino,
tu suspiro es mi suspiro
y cuando se hunde este barco nuestro
todos nos ahogamos
porque somos una toda realidad.
Vente conmigo y verás el susurro desnudo
tras el aire nuestro hecho de transparente verdad.


TRANSPARENCIAS

Te gustaba la transparencia de mi sostén.
Era de plástico transparente;
me recuerda a aquel niño transparente
que anda a solas por mis pasillos,
tropieza entre sus correrías,
le digo: -Tú eras también transparente-.
Se esconde porque se avergüenza
de mis juegos en el suelo;
son rayas que dibujo con mi tiza,
son gomas elásticas y son rompecabezas,
son palmadas y son canciones tontas,
son te quieros de color de rosa.
Cuando sea mayor te veré
tras la verja de mi patio, tú serás pasado,
yo seré presente, y un futuro diferente
nos viene a visitar. Ya no te encuentro,
te perdiste hace tiempo, cambiaste la sonrisa,
-¿por qué todo es así?- Ahora disimulo al verte,
quiero recordarte ayer. Mañana me haces daño.



TODO CAE

Cae mi esperma en las sábanas,
la habitación huele a semen,
nos quedamos dormidos en las sobras
que nuestros cuerpos dejan
(exhaustos pasajeros de esta tiniebla),
salpica nuestra sangre nuestro beso eterno,
se nos cae el sudor desde nuestra intimidad,
somos refugiados de nuestra guerra,
exiliados en nuestro colchón
circulan ciegos nuestros besos mojados
y las caricias son danza lenta,
nuestros sollozos buscan al gemido
y nuestro peldaño a la gloria
cae desmayado tras el orgasmo en diez segundos
que aprieta a la sinceridad de las luces.


BULERÍAS DE LAS TRES-MIL VIVIENDAS

No sé por que te dicen Tresmil
si aquí en este barrio
deben haber cuarenta mil,
no sé donde te metes el dedo
ni sé sí el cucurucho es tuyo
ni sí yo horchata te debo.
Hay en Sevilla un olor a azahar
y pasando por las Tresmil
hay tantos que no quisieran pasar…
En mi barrio hay tunantes,
veinte gitanos con arte, y una merienda
de negros; en mi barrio hay zero
víctimas por el alcohol,
pero en eso que se mezcla estamos tos’.
Estamos Tos’, estamos tos’,
veinticuatro que comen fideos
y cien que comen arroz.
Yo no paso por Triana
a las tres de la mañana,
yo paso por las Tresmil
que no es precisamente Paris,
yo no paso por Sierpes
por que hay mucho trasiego,
y si paso por la Giralda
un zumbao me pide fuego.
Yo no quiero comer fritanga
por que tiene mandanga
el sustantivo interés,
yo me meto por la manga
lo que sobra y lo que changa
y veo tu mundo al revés.
Así soy yo, así soy yo
pero en las Tresmil te digo no,
te digo no, tres mil veces no,
por que no me gusta tu dos a dos.



LAS LÁGRIMAS DE MI HERMANO

Te habías muerto, ya era evidente,
te habías muerto como se muere
toda la gente; miré a mi hermano,
lo vi llorar, sus lágrimas eran
un triste humedal.
Supe que te habías muerto
por que vi llorar a mi hermano.
Sus lágrimas eran tristeza pura,
como cuando la oscuridad
es espesa bruma que ahoga.
Como cuando el cansancio
es una culpa que te echa para atrás.
Vi llorar a mi hermano y supe
que ésta vez era verdad.





CARICIAS VÍA E-MAIL

Mis e-mails intentan llamar tu atención,
te persiguen mis deseos entre mega-bytes que pululan
y piden salir a la calle como un perro curioso,
te busco en los besos que no me das en el rellano,
en el ascensor, en el Facebook, en la blogosfera,
mi sistema operativo te llama cárdeno,
nunca la soledad estuvo tan cerca de ser eléctrica,
eléctrica compañía que busca tu calor
y exige el impulso anaranjado de los enchufes
abiertos al misterio de la tecnología y al alfabeto cercano.




NO DIGAS NO

(Soneto)

Decir no es negar siempre la amistad
Es inoportunar lo que ya es sabido
Negando afirmas tu fiel contrariedad
Desmentir verdad desde lo ya omitido

Errar donde yerra la inoportunidad
Paliar tu fe con un no desabrido
Morir dando óbito a tu negatividad
Dando noses tajantes al mero olvido

Es desmembrar la pura inactividad
Negando gigante nunca nadie ha sido
Tildar jamases sin ninguna otredad

Obviar un negro nadie distinguido
A todo aquel nada que con hostilidad
Se niega por negar y es sólo ruido.



GUISANTES

Saco guisantes de su vaina plastificada,
vaina plastificada, papel de aluminio,
blister a blister, guisante a guisante,
sorbo a sorbo, traga y sé cotidianidad.


LA CAFETERA ITALIANA

Este poema lo dedico a la larga estación de Invierno.

Cafetera italiana de tres cafés largos.
El primero, suave, ligero y sabroso.
El segundo, con personalidad y muy delicioso.
El tercero, compacto y tan denso;
amargo a veces, otras un placer,
como la vida misma.


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