sábado, 4 de julio de 2009

33º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



33º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA
NEVANDO EN LA GUINEA
NºXXXIII 04-06-2.009

EDITORIAL XXXIII
Ismail Kadaré, Premio Príncipe de Asturias


Sabemos que todo premio es subjetivo, que responde a criterios no siempre compartidos por todos, que deja fuera a mucha gente, y que lo importante, cuando de literatura se trata, es que el reconocimiento venga de los lectores, que un escritor se vea recompensado por la calidad de su trabajo, que sus escritos aporten emoción, calidad, reflexión, que haya una evolución del autor como persona, pero también de su obra como aportación a la colectividad. También sabemos que el buen hacer de un autor no depende tanto de que se le reconozca o no mediante premios por pomposos y llamativos que éstos sean, no va a ser mejor ni peor ningún escritor porque almacene en su estudio un montón de estatuillas con las que alimentar su egolatría.

Pero también, en ocasiones, hemos de agradecer ciertos reconocimientos cuando la calidad literaria así lo requiera. Nosotros, que lejos estamos de entusiasmarnos con este ejercicio vanidoso de los salones literarios, menos aún cuando la aparente gloria proviene de una institución monárquica que no nos despierta gran apego, todo hay que decirlo, queremos alegrarnos con Ismail Kadaré por el Premio Príncipe de Asturias que se le concede en el apartado de las letras y que nos parece justo y muy oportuno. Justo, porque se trata de uno de los mejores escritores europeos vivos. Oportuno, porque se le da cuando su obra es numerosa y creemos que se trata además de una literatura, la albanesa, que ha de ser conocida por su fuerza y su tradición tanto oral como escrita.

Ismail Kadaré es un narrador cuyas novelas poseen una fuerza inaudita. Sus historias entremezclan el realismo más duro con la fantasía más extraordinaria, quizá por aquello de que la realidad supera siempre la ficción y la vida no deja de sorprendernos día tras día. Por ello quien intente atrapar lo real mediante la escritura no puede evitar de recoger entre líneas lo absurdo, lo fantástico, lo sorprendente que hay en cada gesto, en cada acto, en cada movimiento. Un país como Albania posee los rasgos de una historia que, por ser de por sí bastante dramática, comparte la necesidad de una ironía que ha de hilar fino, algo que se entreve en la obra de este autor.

El lector sensible podrá apreciar punzadas de ternura y sarcasmo entre líneas repletas de angustia y pesadumbre. Quien lea sus libros podrá descubrir una obra con personalidad propia, unas novelas cuidadas, con referencias literarias, culta, una narrativa detallista. En español tenemos además la ventaja de las buenas traducciones de Ramón Sánchez Lizarralde, que se ha esforzado por transmitir el estilo no siempre fácil de una lengua tan distinta como la albanesa, con una tradición oral que refuerza todavía más la personalidad del idioma. La obra de Kadaré se halla bien distribuida, por lo que el lector en español no lo tiene difícil para acceder a él, algo que desde aquí aconsejamos sin ninguna duda.



FRONTÓN

Mira los pelotaris como golpean
Su pelota con las palmas de sus manos.
La pelota vuelve testaruda e ingenua.
No uses como instrumento a la venganza.
No, niña caprichosa y celosa.
Mira como vuelve la pelota al golpearla.
Todo lo que se golpea contra una pared o muro
Vuelve con su propia inercia gravitatoria.
Es como darle puñetazos a un muro de hormigón.
Tu mano se resiente y también tu rabia.
Mira como vuelve la pelota a su altura.
Él la golpea fuertemente con picardía
Hacia la pared de la izquierda, y su adversario,
Poco puede hacer con esa pelota zurda.
Así es el juego y así de cruel la vida.
La vida no es un juego, ya que, va muy en serio.
Hay que jugar las pelotas diestras y las zurdas.
Las diestras son fáciles de jugar, pero las zurdas
Son arduas y hostiles y llevan maldad.
Los nudillos de tanto golpe aprenden su realidad.
La pelota se va por mal camino pero, ya volverá
Para trazar su camino con la diestra hacia una zurda.
(Batalla incomoda e insatisfecha).

Por Cecilio Olivero Muñoz



El tío de América


Fue en la Navidad del 96 cuando me hablaron por primera y única vez de mi “tío de América”. Ya entonces el hermano de mi madre, Samuel, me advirtió que no me hiciera muchas ilusiones porque el susodicho no era ni de lejos lo que normalmente se entiende cómo un tío de América, primero porque no era mi tío en realidad, me dijo, sino primo de mi madre y sus seis hermanos, detalle sin importancia, sin duda, porque al fin y al cabo era de la familia, aunque si Samuel me lo contaba era sin duda para reforzar la carga simbólica que ello pudiese tener, el deseo de tomar distancias, y en segundo lugar porque no iba a recibir ni un duro de él, seguramente por carecer de dinero, en el mejor de los casos, o tal vez porque ya hubiera acabado en la cárcel y su patrimonio expoliado o porque alguna de sus mujeres, conquistas pasajeras la mayoría y una sola esposa, que se le conociese al menos, una formidable rubia a la manera de las que aparecían en las películas de los setenta, y aquí Samuel remarcaba con ello que el pariente en cuestión carecía a todas luces de credibilidad puesto que era incapaz de mantener la más mínima fidelidad a nadie, le hubiera desplumado lo que a su vez él mismo antes había desplumado a medio mundo.
Mi tío Samuel estaba dispuesto a terminar allí su breve explicación sobre ese pariente desconocido para mí, pero era evidente que yo no me podía quedar con esa sucinta nota que apuntaba algo sin duda mucho más interesante. Le miré con una más que evidente expresión de curiosidad que denotaba bien a las claras que no podía dejar allí lo que ya había iniciado. Está bien, me dijo, te contaré un poco más.
Al parecer el referido personaje, de nombre Carmelo María, había descubierto a punto de terminar la juventud una clarísima vocación religiosa, se convirtió fervientemente al catolicismo y se ordenó sacerdote en Roma a la par que terminaba unos brillantes estudios de Historia y Filosofía. Toda la familia esperaba de él algo grande. Era el primer pariente que conseguía descollar en los estudios, los demás tuvieron que ponerse a trabajar a edades tempranas y salieron adelante con mucho esfuerzo y no pocas dificultades. Para él, sin embargo, todo parecía fácil aunque compartiese con el resto de la familia todos los problemas habidos y por haber.
Con su sotana negra, sencilla, sin aspavientos, y una forma de actuar que denotaba una profunda llaneza, hablaba de ayudar al prójimo, de dar la vida por los demás, y no en pocas ocasiones se pensó que, casi retirado del transitorio mundo material, pudiera alcanzar, tal era aparentemente su destino, la santidad. Comenzó a pedir para misiones lejanas y, aunque buena parte de la familia no compartía plenamente su fe y las pasaba canutas, se le comenzó a dar pequeñas aportaciones que contribuyesen a ese camino hacia la perfección espiritual.
Mi tío Samuel guardó aquí un profundo silencio. Qué pasó entonces, pregunté, no sin una enorme curiosidad. Huyó con la despampanante tejana, afirmó rotundo y, como si quisiera evitar hablar del pariente en cuestión, me la describió al detalle, era la susodicha una tremenda rubia televisiva, y fue tal el fervor con que me la describió que me creó la duda de si lo que le producía aún, años después, un profundo odio era el acto de su fuga con el dinero que a todos tanto les costaba ganar y que tan inmoral resultaba por el carácter sacro de su figura, sus gestos, su oficio y su discurso, o si le movía la más pura y vergonzante envidia por la hermosura de la mujer que le empujó a romper unos votos que, por otro lado, mi tío Samuel tampoco entendía del todo. Añadió que vivía en Texas y que supieron que se había echado varias amantes, todas ellas seguramente atraídas por el dinero que el ex sacerdote gastaba a manos llenas.
De él no volvieron a saber nada más, salvo cuando recibieron de su puño y letra una carta en la que lamentaba la estafa cometida y les comentaba que estaba pasando algunas dificultades cuyos detalles no narraba. Sin duda nos estaba intentando dar pena, comentó, quién sabe si para volvernos a sablear, algo que no ocurrió porque simple y llanamente la familia se abstuvo de contestar. De ser honesto, ya reiteraría su arrepentimiento, pensaron, algo que él no hizo. Pero además recibieron cartas de juzgados, citaciones a interrogatorios nunca aclarados que demostraban que la vida del religioso no había sido todo lo recta que hubieran podido considerar y que todavía le perseguían hechos inconfesables que la familia tampoco se molestó en conocer.
Olvidé durante mucho tiempo a ese lejano pariente. Me vino a la cabeza de pronto cuando acepté años después el trabajo de profesor en Nueva York por un curso académico. Aunque Texas estaba lejos de mi destino, consideré la posibilidad de indagar algo por mi cuenta, me parecía además novelesco la existencia de ese pariente fugado con el dinero de mi familia y que pasó del camino de perfección al camino de depravación con suma facilidad. Pero el trabajo, las lecturas, los proyectos en los que me metí y algún viaje por el país dejaron esa idea en un segundo plano. Al fin y al cabo no debía de ser nada fácil encontrar a una persona que además posiblemente hubiera cambiado de nombre y dirección de ser cierto lo que contaba Samuel.
Las cosas, sin embargo, siguieron su curso y una tarde llegó a mi despacho un hombre mayor, vestido de negro, con gafas gruesas que por educación se sacó y una mirada directa pero que de vez en cuando desviaba, como si temiera que se transmitiese algo no deseado. Soy Carmelo María Pallot, me dijo nada más hube respondido a su pregunta de si pertenecía a la familia Pallot. No sé por qué, pero aun cuando no esperaba esa repentina aparición tampoco me extrañó. Pensé que su figura no me parecía la de un usurpador de fondos ajenos, alguien capaz de estafar a su propia familia carente ésta, además, de recursos. Por su parte, se mantuvo en silencio, como si esperara que yo me pusiera, después de averiguar nuestros vínculos familiares, a preguntarle el porqué de tantas cosas o a recriminarle todo lo que sin duda debía yo de conocer de su pasado. Pero no me sentí legitimado para tamaña labor.
Tras ese silencio que por un instante devino no poco tenso, me dijo que había leído una entrevista que un periódico me había hecho unos meses antes. Tuvo curiosidad por conocer a ese profesor de literatura que llevaba su propio apellido y de allí su visita. Charlamos de libros y me pregunté si en algún momento había considerado que yo fuera familiar suyo y que por eso me visitaba. Quizá le movía un deseo de enmendar el pasado. Era su conversación ocurrente y culta, la de alguien leído pero sin engreimiento. Al cabo de un rato se marchó. No hizo mención a su familia, la mía, a lo que ocurrió. Por un momento lamenté no haberle preguntado por el pasado. Pero me dije que tal vez era mejor no hurgar en la herida.


Juan A. Herrero Díez

MI SILENCIO

Mi silencio
es tu ausencia.
Mi silencio es lo libre.
Mi silencio es un murmullo bajito que todavía no se ha oído.
Mi silencio es pensar en ti.
Mi silencio es llorar por mi alma.
Mi silencio es un yunque que cae desde mi corazón al fondo de mí.
Mi silencio es mi calma.
Mi silencio es una aurora marchita.
Mi silencio es un suspiro.
Mi silencio es la flor que allí se huele.
Mi silencio es una rosa que brota.
Mi silencio es la mustia palabra que se deshace.
Mi silencio son ocho horas sin ti.
Mi silencio es el deseo de no oír ese grito que me quema.
Mi silencio es el viento suave de tu voz.
Mi silencio es pensar en nada y en ti en un todo.
Mi silencio es llorar de semilla hacía adentro.
Mi silencio es un tropezón en la tempestad.
Mi silencio es la pulpa de mi verdad.
Mi silencio es la noche quieta.
Mi silencio es la duda que hierve.
Mi silencio es la locura que hiere.
Mi silencio se escapa de mi voz en la yunta del ocaso.
Mi silencio es un ardor soñando al alba de mi dormitorio.
Mi silencio es la sentencia de mis dedos al señalarte.
Mi silencio es la canción que habla de ti.
Mi silencio es la misteriosa raíz que nace de ti.
Mi silencio es la razón de mi mañana gris.
Mi silencio es tu aroma en el rocío.
Mi silencio es la esfinge que sale de mi mirada.
Mi silencio es el llanto que no sabe serlo.
Mi silencio es mi perfume recién duchado.
Mi silencio es un latido de poeta que se muere en tus noches.
Mi silencio es una pequeña llaga en el olvido.
Mi silencio es un bocado al doloroso sufrimiento.
Mi silencio vale más que cien gritos de ira.
Mi silencio es un bofetón de rabias que desaparecen en la noche tibia.
Mi silencio cae de una espiga de trigo y cae a la tierra y nace para el trigo.
Mi silencio es una respiración apresurada y desesperada.
Mi silencio es el crujir de los maderos en el fuego.
Mi silencio es un pestañear de alegrías que voz no tienen.
Mi silencio es la jarra fría que cae en el calor febril.
Mi silencio es un pastel en la puerta de un colegio.
Mi silencio es la tentación de Judas y el deseo de Cristo.
Mi silencio es un barco sin timón ni vela abierta al viento.
Mi silencio es salvaje como un caballo desbocado.
Mi silencio es un garrote de azules presentimientos.
Mi silencio es latir y silbar para adentro.
Mi silencio es una fecha en el calendario.
Mi silencio es la armonía de las jaulas de oro.
Mi silencio son las madres que llevan a sus hijos a la escuela.
Mi silencio es el tobogán de la tristeza.
Mi silencio es una reunión de vecinos.
Mi silencio es el aroma de los jazmines en un patio.
Mi silencio tiene un grito desgarrado.
Mi silencio es un goteo de infelices esperanzas.
Mi silencio es una calada a un cigarrillo y pensar en ti.
Mi silencio está colgado de un vaso de vino.
Mi silencio muere en millones de discotecas que me recuerdan.
Mi silencio va de aquí para allá cogido de mi mano.
Mi silencio va a compás de mi corazón.
Mi silencio es el trasiego de una manifestación.
Mi silencio es una baraja que se abre con ases de espadas cerrando.
Mi silencio es una volteleta en el césped de la memoria.
Mi silencio es un torero entrando a matar.
Mi silencio es la agonía de la vida esperando la muerte.
Mi silencio es un desprecio prendido de mi espalda.
Mi silencio es un muelle que me hace saltar y escaparme.
Mi silencio es la encrucijada de valores que perdí con los años.
Mi silencio es la recogida de la cosecha en verano.
Mi silencio es la navidad sin dinero.
Mi silencio es todos los porqués del mundo.
Mi silencio es un arriero que me encontré en el camino.
Mi silencio es una estrepitosa venganza que me doy a mi mismo.
Mi silencio es un tiritar de cascabeles gitanos.
Mi silencio es un veloz ciclista que se va de todo.
Mi silencio es la voz de mi yo.
Mi silencio es un látigo que serpentea mi voz.
Mi silencio es un murmurar de cabezadas sin conciencia.
Mi silencio es atizar al fuego.
Mi silencio es una fiesta de despedida.
Mi silencio es una nana que canto en silencio.
Mi silencio es la cantinela que canté hace años.
Mi silencio no está ni aquí ni allí, está donde el desnudo es eso: silencio.

Por Cecilio Olivero Muñoz



LA MÚSICA DE MIS CD’S

La música de mis CD’s
Me lleva donde tu no quieres
Y a donde yo no sé.
La música de mis CD’s
Tiene de todos los colores
E inventa un anochecer.
La música de mis CD’s
Puede ser flamenco, jazz
Puede ser un vals vienés.
La música de mis CD’s
Lleva roca, lleva lluvia,
Lleva algo de mi ser.
La música de mis CD’s
Es una aurora que escapa
Hacía nunca volver.
La música de mis CD’s
Tiene un vinillo amigo suyo
A quien pude querer.
La música de mis CD’s
Es estatua, es paloma,
Es ceniza y oropel.
La música de mis CD’s
Es mucha y no poca,
Es un poema en un papel.
La música de mis CD’s
Es un canto gregoriano
O una tal Billie Holliday.
La música de mis CD’s
Va desde Camarón
A la Paquera de Jerez.
La música de mis CD’s
No tiene nombre
Ni lo quiero saber.
La música de mis CD’s
La compro en las ferias
O en un mercadillo de Cadaqués.
La música de mis CD’s
Nace de mi deseo
Y la bajo de Internet.
La música de mis CD’s
Lleva fuerza, lleva garra,
Y me da mucho placer.

Por Cecilio Olivero Muñoz



LETARGO

A un abuelo aburrido, en el consultorio de kinesiología.

Sobre la palma abierta
del desgano
el anciano se abandona
a los ojos maduros de la espera.

Son los pasos distantes
y una silueta ausente de sí misma
le estafa los latidos.

Lo absorbe un intervalo
de universo y costumbre,
y etéreo y descarnado,
se va por algún trueno de la mente.

Un temblor insurrecto
magulla las líneas taciturnas de su máscara.

Otro infierno sin llamas
calcina todavía
su andar pecaminoso,
y olorosas de sol,
las raíces del nido
tejen un maraña de bordes y espejuelos,
donde empiezan a orar
los ángeles más viejos.

Sólo las cenizas del hombre
se acumulan por turno entre las manos.

Será un leve girar
y el polvo volará certero para hallarle los ojos.

La lengua de la tierra aguarda el alimento
y una estrella sin norte,
cava un pesebre de luz
desde la ciénaga.

Teresa Palazzo Conti
http://www.lapoesiadeteresa.com/

Música de regreso.

Anduvimos el viento
oliéndonos el rastro sin saberlo.

Se frustraban las teclas
de mi entrega,
y en el piano dormido,
jirones del pasado
retrasaban
las negras y las fusas.

Quién donaría un instante
para empezar
de nuevo.

Mariposas esclavas
de las páginas,
las notas turbulentas,
eran sólo cabriolas
sobre las partituras.

Pero fui hasta el tiempo de la infancia
y floreció el reencuentro
en medio del otoño.

Violenté los barrotes
del solfeo y de las claves;
rodé por las esquinas
del pentagrama serio,
y abrí por sus costados una grieta.


Sentía que un ritmo antiguo,
violaba la clausura
de la canción oculta
y temblaba en mi orilla
más lejana.

Se elevó un estallido
entre la desmemoria
y volvió la armonía
a confluir en mis manos.

Sobre el filo del último sonido
rescaté
melodías
para armar un collar
de cuerdas nuevas.

Atesoré el privilegio del arpegio
y renací en su abrazo.

El río de mi sangre recuperó su cauce.

Más alto
que el camino que no llegó a extraviarnos,
germinamos.

Hice todas las tardes
con esa tarde
última.

Con mano de alfarero
la música perdida
modeló los bemoles
que cerrarían el círculo inicial.

La nota definida soltaría sus compases
y un misterio
destronaría las puertas
del olvido.

Inextinguible,
la unión recuperada
vibró hasta la extrema figura
de mis tiempos,
y ahora
que me he ido,
este silencio máximo
de la noche infinita,
se rompe en los acordes
que caen definitivos
sobre mi oído muerto.

Teresa Palazzo Conti
República Argentina

HOMENAJE A JUAN MANUEL ROCA


Me embriagó con el vino que llueve el cielo

Aguardó a que la metáfora brote de la silla vacía

La fatiga encanecida de la persistencia se premia

Cuando el fruto de los desvelos recibe el aplauso tardío

El tejedor de versos, el hacedor de musicales metáforas

Brinda empuñando una montera de sueños y vientos

Un recital antológico de aventuras, desventuras y celebra

El haber sobrevivido a la mano negra de la fatídica parca

Cuando mira hacia el pasado, el ayer se ve demasiado lejos

Es mejor no pensar en los desaparecidos o en los que murieron

Éramos jóvenes idealistas como las banderas que ondeamos

La maquinaria pasó barriendo y barrió los sueños de casi todos

A veces pienso que perdimos la memoria o el espíritu de gladiadores

La mayoría terminó rebuscando oportunidades en el basuriego

Pasando hojas de vida como si la vida fuese un mar de oportunidades

Unos pocos optamos por militar en la palabra como necios

Rebeldes sin causa, sin guitarras eléctricas, perdedores profesionales

Damnificados del absurdo como expertas víctimas quebrantadas

A una amiga que lo hizo como nosotros en el sur del continente

Las bestias se ensañaron con su piel y su vagina para desarmarla

Si lo que deseaban era herirla: ¡le hirieron el corazón mortalmente!

Regreso el infierno como lo hicieron cientos de sobrevivientes

Enfrentamos con ingenuidad la guerra, retando con versos las balas

¡Los que desaparecieron jamás regresaron! ¡Son espíritus de luz!

La lluvia primaveral de los versos ¡Resucita el alma del poeta!

Cada verso es un nombre ¡Presente! Contesta el eco ¡Presente!

Todos están aquí, alrededor de nosotros: ¡Presente!... ¡Presente!...

¡Presente! ¡Presente! Mientras…¡las lágrimas ahogaron los sueños!



Héctor “El Perro Vagabundo” Cediel

hcediel1@hotmail.com hectorcediel@gmail.com
2009-06-26


CAMBIO CLIMÁTICO

Hace siglos que se dice eso de:
“¡Qué loco que está el tiempo!”
Pero no está loco, le falta un hervor.
Ya no diremos eso de:
Año de nieves, año de bienes.
Diremos: Sudor en las sienes,
Sudor para siempre.
Y siguiendo con el refranero:
Ya no diremos: En abril aguas mil.
Diremos: En abril calor febril.
Ya no diremos: Hasta el cuarenta de mayo
no te quites el sayo.
Diremos: Desde el uno de marzo ¿Soponcio o milagro?
O también: Desde marzo sólo sombra y trago.
O también: Desde el uno de marzo
Tengo puesto el aire acondicionado.
También se puede crear un nuevo refranero.
Calor en enero, asfixia en febrero.
O también: inviernos en primaveras
Y los eneros con playeras.
O esta también: Sudor en invierno
En agosto al galeno.
Todo está cambiando.
A lo peor habrá lonjas de pescado en Teruel.
A lo peor ya no existirá ni Cuba, ni Filipinas,
El canal de Panamá será acero bajo el mar.
O Barcelona será la Venecia española.
A lo peor tendremos que vivir en vez de en pisos
En yates o en veleros o a lo peor en pateras.
Ya comprendo la analogía con los pisos patera.
¿Habrá veranillo de San Miguel?
¡INVIERTA EN FUTURO!
¡CÓMPRESE UN FUERABORDA!
No busque más, pruebe un barco piloto.
Encima de hipotecados de por vida
En casa encerrados. Esto es vida.
¿Alguien da más?


Por Cecilio Olivero Muñoz



CANCIÓN DE LAS TERESAS

Tener, tenía una Teresa
Era una princesa,
Se comía con fiereza
Las llamas de mi mirada.
¡Ay! Teresa, Teresa
te llamas,
Limpia bagatela.
Puerta que yo añoraba.
Limpia eres Teresa,
Limpia de toda raza,
Siembra con razón Teresa
Las cosas que no olvidabas.
Teresa, te llamas Teresa
Qué hechura, qué mañana,
¿Serás buena Teresa?
Rezas al pie de tu cama.
Había una tal Teresa
Que temprano se levantaba,
Mira el reloj, mira al agua
Su carita inmaculada.
Teresa, Teresa te cantaban
Los gitanos con guitarras,
Teresa de mi alma
En la fría madrugada.
Teresa, a por fía, Teresa
Una de las mujeres
Con más rosa embrujada
Que hubo allá en Granada.
Teresa eras Teresa
¿Ahora que eres?
¿Eres guirnalda?
O ¿Quizá cigarra?
Teresa eres la mañana
Que quiso esa mirada.
Teresa la Teresa
Eres bella, mucho Teresa
No he visto piel más tersa
Que la de la niña Teresa.
Teresa zapatea Teresa
Baila con sed y cachaza
Por ella se desmaya
La punta de la guadaña.
Teresa naces pa” mí Teresa
Eres alta, mujer muy alta,
Tan alta como la estrella
Que con la mano se alcanza.


Por Cecilio Olivero Muñoz


CIÉNAGA


Salgo a buscar
por los retratos
el tiempo acorralado
sin mirada.

A intervalos
suceden los puntos germinales
que alguna vez
delinearon el rostro.

Los rasgos
gritan un nombre
en la pasividad de la fotografía.

El mito de la permanencia
aúlla
en alcobas derrumbadas
y
yo desembarco
en una ciénaga de muertos
que insisten en fingir la sonrisa

Por Teresa Palazzo Conti


MARSH


I set out to find
in portraits
the sightless
cornered time.

At intervals
follow germinal dots
that once
delineated the face.

Features
cry out a name
in the peacefulness of the picture.

The myth of permanence
howls
in collapsed bedrooms
and
I land
in a marsh of corpses
that insist on feigning the smile.


De “Memoria del Abismo”
From Memory of the Abyss

by Teresa Palazzo Conti
Translation Translation into English by Salomé Audisio.


El olvido que no olvida.
Con la imagen permanente de mi madre.

Hurgando en las migajas
de la que fuera íntegra,
y con la calma final de los que parten,
regresa mi madre en claroscuro.

Se acomoda sin prisa entre mis dudas
y yace en el resabio
de noches agostadas.

Yo me obstino en la busca
de algún efecto nuevo;
algo que sea capaz de alterar mi itinerario.

Su recuerdo se tiende cauteloso;
impasible me mira de costado
y ostenta banderías que yo ignoro.


Hay siluetas enfermas
detrás de campanarios,
y otros rumores estirando su aliento
por laberintos paralelos.

No hay señal de respuesta.

No retumban los ecos que recen como frailes
algún cántico revelador.

Sólo mi voz,
prendida de alfileres,
rueda por la desesperanza
para alcanzar su oído.

En el refugio de las apariciones,
las telarañas plagan las avenidas
de sus manos,
y las mías,
encumbran un incienso
en el ahogo lejano de su pecho.


Quién me miente sus ojos
para que yo la espere.

Hay demasiado silencio en el sepulcro,
y la huella de mi afecto,
se congela
por escondrijos ciegos.

De todos los amores de la tierra,
fue el suyo
el más sabio talismán
en la dádiva limpia de su siembra.

De todas las entregas,
la más corta distancia
por los espacios innombrables
que dejan mis pisadas.

Yo no había sido invitada a su banquete;
sólo llegué,
con párpados cerrados,
y en temblor fastidiada
un martes trece.

Fui impulsada a mantenerme
entre los espasmos
del alumbramiento.

Recostada de espaldas,
me sostuvo.

Y hoy,
de pie frente a mis despojos,
vela el suicidio de la luz
que se instala en mi verdad.

Mi temor a la oscuridad
se desorienta
en los recodos de algún cuento de luciérnagas
que cimienta los ladrillos de la casa;
y las entrañas se me vuelven muro;
pero en una madeja de tanteos miopes,
apenas hay puntos en desorden
y retratos inútiles.


Del tiempo solitario,
resisto todavía su fuga inesperada.

Un aletear de vidrios
cabalga
en el confín que mató mi horizonte con su viaje,
y en la mesa de andrajos
se malogran las charlas y las frutas.

Más allá de veneno de las despedidas,
nunca es justo el vaivén de la memoria,
y es un toro entre rejas el olvido.

Como araña de espanto
desenvuelve su tela en mis ciudades.

Se desangra en su furia
y cuando embiste,
arrasa con los gestos y las voces
que dormían su letargo de piel y de ceniza.


Gime un credo en mis huesos,
y una luz extranjera
me ofrece un cáliz oportuno
que abarca sorpresivo la altura de mis ruegos.

Por Teresa Palazzo Conti



CANCIÓN DE LA HOJARASCA

Esparce el viento
Esparce la hojarasca
Hojarasca es pensamiento
Hojarasca que desgarra.
Hojarasca es burdo intento
Canción intencionada,
Hojarasca es el preludio
Del crujir de una mirada.
Rota, está rota mi guitarra
Está rota por la llaga
Que mi corazón guarda,
¡Ay! De mi guitarra desgarrada.
Esparce el viento
Esparce la hojarasca
Esparce con un luego
Luego vendrá una guadaña
Nos cortará el “te quiero”
Nos partirá la mirada.
Rota, rota está nuestra mirada
Rota por las retahílas,
Que nuestro corazón velaba
¡Ay! De nuestra purísima mirada
¿Dónde estará? ¿Adónde la guardan?
Estará donde la señalan
La señalan cuando canta,
La señalan y la señalan
La dejan seca y helada
La señalan y la paran.
La fijan y la parten
Con una rotura de espada.
¡Ay! Nuestra pura mirada.
Se quedó sin luz y sin retahíla.


Por Cecilio Olivero Muñoz













LA CANCIÓN DEL PEÑASCO

A Nuria Regalado.

Nuestros destinos
estaban marcados,
¡Cómo es el sino…!
Errar, vivir equivocado.

Yo no quería,
Desfloré y he pagado,
Por herir hería.
Cerraste de un portazo.

Eras de Dios su regalo
Hiló fino, hiló despacio
Te tuve en mi regazo,
Fuente nueva de mi patio.

Mi voz está sin llanto,
Mi corazón muere mirando
Remordimiento extraño
Rosa espinosa, dolor pagado.

Castigo para el pecado,
Castigo por haberte hecho daño,
Burla del niñato mal sano;
No quisiera ser nada de antaño.

Desprecié tu amor de regalo,
Donde pudo inocencia y milagro
Y el milagro fue truco de mago,
Y el truco es un juego de manos.

Alma rota de cántaro,
Salpicó el agua ensuciando
Pantalón y camisa en blanco,
Fuente con reguero marchitado.

Arrepentido a veces he suspirado
Por ese amor alejado,
Ese amor que murió de canto
Y cayó de la fuente al charco.

Y en el charco
Se hizo barro
Y en el barro
atesoró el guijarro.

Canción triste del peñasco,
Fuente de piedra,
Amor infantil de prestado,
Justa sentencia (Estribillo)
Para el burlón burlado.
Ahora la presencia
Es portón cerrado.


Por Cecilio Olivero Muñoz