sábado, 7 de marzo de 2009

29º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



29º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA
NEVANDO EN LA GUINEA

EDITORIAL XXIX
Lenguas, comunidades y pluralidad

De nueva ha saltado en España las polémicas respecto a la convivencia de las lenguas habladas en su territorio a raíz de dos hechos: por un lado las elecciones en dos Comunidades Autónomas con lengua propia, Galicia y País Vasco, con algunos incidentes relativos a los derechos lingüísticos, y por el otro un proyecto normativo del Gobierno Catalán que obligará en Cataluña a porcentajes en el doblaje y subtitulado de las películas proyectadas en la Comunidad. España no es el único país en el que se hablan varias lenguas y en el que, por tanto, se da una polémica respecto al uso de ellas en un mismo territorio o un Estado. De hecho, hay muy pocos países en el mundo cuya población sea realmente monolingüe. Y aunque con frecuencia se alude a un discurso de igualdad y respeto entre hablantes de distintas lenguas en un mismo territorio, la realidad se obstina en demostrarnos que no es fácil resolver problemas.

Porque el tema de las lenguas no se resuelve nunca a golpe de ley. Las realidades sociales acostumbran a ser más complejas y no valen las soluciones simplistas que por lo general no solucionan nada, más bien al contrario. Es verdad, como afirman los defensores de los idiomas llamados minoritarios, que algunas lenguas se han impuesto con frecuencia a la fuerza, compañeras de imperios y tendentes, dentro de sus fronteras, a homogenizar poblaciones. Es sin duda el caso del inglés, el castellano o el francés, expandidos por el mundo e impuestos dentro de sus fronteras. Pero también lo es, por ejemplo en el caso español, que aquellas comunidades con idioma propio poseen una potente cultura en lengua castellana que es, al fin y al cabo, lengua propia de buena parte de su población. No hay más que repasar la historia de la literatura española para darse cuenta de ello y la rumba sería buena prueba de lo que hablamos.

En América Latina la presencia de otros idiomas, además del español, del inglés, del francés o del portugués, lenguas éstas oficiales, poseen otro carácter ya que los pueblos llamados nativos sufren, junto a una marginación cultural, muchas veces el más crudo racismo. Leer a Manuel Scorza, a Ciro Alegría, a José María Arguedas, a Miguel Ángel Asturias, entre otros, es asistir al testimonio de una ignominia a todas luces rechazable. Por fortuna, se incorpora al discurso político, los zapatitas mexicanos y el boliviano Evo Morales serían las expresiones más activas hoy, una reclamación de los derechos propios, por tanto derechos lingüísticos, que nosotros defendemos porque creemos que los más débiles merecen una mayor atención.

Sin embargo, somos conscientes de que una política de reposición o de igualdad entre idiomas puede causar también injusticias. No es siempre fácil imponer una cierta cordura a los problemas de la humanidad y con frecuencia asistimos a medidas que buscan más la venganza que arreglar entuertos. Es verdad que la lengua ha ido de la mano de la imposición, pero esa es la historia de la humanidad: la cultura es con frecuencia otra estructura de dominación reflejo de un sistema social basado en la división humana. No es fácil construir soluciones como las llevadas a cabo en África del Sur, donde el enfrentamiento se basaba en la más odiosa injusticia, la división racial, y se consiguió enderezar no sin dificultades.

Una solución sería despolitizar los idiomas, que las lenguas fueran vistas realmente como herramientas de comunicación, no como armas emocionales que se arrojan en beneficio de otros intereses, que las lenguas sean meros instrumentos de cultura. En este sentido, muchos países africanos nos muestran, a pesar de la imagen que nos llega, como la existencia de idiomas distintos en un mismo territorio no es causa de enfrentamiento. Hace tiempo un músico de Guinea Bissau nos contaba que en su país, con algo más de un millón de habitantes, se hablaba más de treinta lenguas y no había problemas lingüísticos, lo comparaba con lo que pasaba en España, donde con menos idiomas se daban problemas y terminaba su reflexión con una breve reflexión: «Luego dicen que nosotros somos los salvajes».


***
¡¡¡IMPORTANTE!!!
Les avisamos a los lectores, amigos y participantes de la Revista Literaria Nevando en la Guinea que a partir de este número se publicará la revista mensualmente, en vez de semanalmente que es como lo estábamos haciendo hasta ahora. Pero por motivos que se escapan de nuestros deseos, intereses y planes creativos hemos decidido la publicación mensual de la revista. Desde aquí aprovechamos para daros las gracias por vuestra fidelidad y les pedimos disculpas.


EMPEZAR

A mi sobrina, Aroa Olivero Canedo.

Respirar. Dar a luz.
Nacer para el mundo.
Fuente que va al cántaro
y rebosa de palpitares.
Agua fértil en el agua,
y calma en la lluvia.
Secreto de la humanidad,
evocando a palabras
de símbolo difuminado.
Desnudo ante los ojos
del sentimiento opaco.
Y muerto cuando rompa
a llorar la noche de laberinto.
Murmuro en silencio
y estremecida esperanza,
hacia el comienzo.
El principio ilumina
los huecos grises,
moviendo sus alas
hacia un nuevo
e injusto padecimiento.
Hecha la flor del suspiro
y el mar hecho de sal.
Dios y todos saben
que al empezar,
todo está más vivo
y se llora para advertir.

Por Cecilio Olivero Muñoz


Encuentro en París


Es verlo y darme cuenta de que podría ser español. Y militar para más señas. Su pose me resulta inconfundible, los deben de producir en serie, sin duda, me digo mientras me fijo en él con más detalle. Le delata el bigote estrecho, los ojos pequeños, un cuerpo huesudo y cuidado, aunque alejado de todo amaneramiento. Se le ve perdido. Mira el letrero con el nombre de la avenida y luego se vuelve para observar la calle que cruza el Boulevard Huysman. París no es una ciudad fácil pese a todo. Más cuando el invierno presenta su faceta más plúmbea. Falta poco para la Navidad. El mundo, no obstante, parece apacible. París es a veces, para quien vive en ella, una ciudad amable.
El viandante, aún no sé si es español, si es militar, ni siquiera si está realmente perdido, mira a su alrededor. Noto que me descubre. Avanzo hacia él. Soy la única persona que hay en esta tranquila tarde de domingo del año mil novecientos sesenta y cuatro, un año en el que, todo apunta a ello ahora que está a punto de acabar, no ha pasado nada de relevancia. Como estoy a cierta distancia, se permite observarme no sin cierto recato. Se estará planteando, me digo, si soy la persona idónea para preguntarme dónde está, en el caso de que no lo sepa, o por dónde se va a algún sitio, en el caso de que no conozca ya sea la ciudad entera ya sea ese rincón de la capital. Me reafirmo en el convencimiento y apuesto incluso conmigo mismo a que es español y militar, aunque puede que esto último no lo vaya a saber realmente porque tampoco se lo voy a preguntar de sopetón y sin venir a cuento, es usted acaso militar, tampoco están los tiempos para espetar este tipo de preguntas. Ya estoy a pocos pasos y entonces se dirige a mí en un francés bastante oxidado. Ya no cabe ninguna duda: el acento lo revela a todas luces. Las erres vibrantes, las vocales sin matizaciones, la entonación castiza aun cuando intente hablar un francés cantarín, las uves convertidas en efes, he allí las pruebas que dejan claro el acierto del primero de mis presentimientos. No sin algo de crueldad, dejo que siga en francés. Quizá sea educación: nunca cortar la palabra de una persona mayor que uno es lo que me enseñaron de pequeño. Cuando termina su frase, no sin esfuerzo aunque con notable resultado, sin duda una persona que no hablase su idioma (que es la mía) le hubiese entendido a poco que se esforzara un poquito, le digo en mi español neutro por dónde se va a su destino, que coincide en parte con el mío. ¡Coño, es español!, exclama. Entonces le digo, me sorprendo yo mismo de mi amabilidad, que iremos juntos parte del camino.
Sin duda me va venciendo la curiosidad por saber si es o no militar, el segundo de mis dos presentimientos. Reconozco que me plantea un cierto problema digamos que ético o político. Al fin y al cabo si estoy en París, es en buena medida por los militares. De los militares de ambos lados, además, porque también los que imaginábamos los nuestros nos dieron de lo lindo. Por no hablar de los militares de la guerra que siguió a la nuestra, a los que también padecí. Pero es una historia que hasta hoy, diecinueve de diciembre de mil novecientos sesenta y cuatro, he intentado que no me hiriera en lo más profundo y lo había conseguido en los últimos años, dejar de lado todo aquel periodo que tan hundido me mantuvo durante mucho tiempo.
Y en efecto, añado tras mi ofrecimiento de acompañarle un trecho del camino, soy español. La verdad es que no sé muy bien por qué lo acompaño. Lo normal, dado que soy una persona pacífica y con vocación de no abrir viejas heridas, sobre todo las mías, hubiera sido que me hubiera hecho el parisino y le hubiese indicado por donde seguir su camino. Sospecho que hay una parte de mí que optaría por ponerle a caldo, al fin y al cabo es un fascista, aunque todavía no lo sepa a todas luces, pero tengo la certeza, y si aún me irrita tener que cruzarme con algunos de los notables dirigentes del PCE por las calles de París, aún mayor es el escozor que debiera producirme encontrarme con algunos de los representantes del fascismo hispánico. Pero supongo que me dejo llevar por cierta curiosidad, malsana a todas luces. No se me ha ocurrido, pero me pregunto qué le voy a decir si me pregunta por el motivo de mi estancia en Francia.
- ¿Y qué tal tratan los franceses a los compatriotas? -se interesa. ¿Compatriotas?¿Yo soy su compatriota?¿Me trataría de compatriota si supiera que soy un enemigo de España, que así nos llaman todavía hoy en la propaganda oficial?
- Pues bien, creo, aunque no todos le dirán lo mismo.
- Ya imagino que no debe de ser fácil.
Me digo que más difícil debe de ser vivir en España. Llegan noticias, a pesar de la propaganda, la desidia de las democracias europeas, el silencio. A pesar también de mi desmotivación militante, de haberme refugiado en mis cosas, de haber querido superar el fracaso, el abatimiento. Me he enterado de huelgas y de luchas, de detenciones y muertes, de desaparecidos. Y aunque en estos últimos años se hable de una mejora sustancial, no deja de ser una dictadura, una excepción tolerada por intereses, cómo no, económicos y justificados con eso que llaman ahora la guerra fría.
- ¿De turismo? -pregunto con aparente interés, aunque lo único que me interesa de verdad es saber si acierto o no en lo que se refiere a su condición militar.
- En efecto, era una deuda con mi mujer. Ahora está en el hotel descansando. Yo tenía ganas de dar una vuelta.
- ¿Y qué tal España? -hasta yo mismo me sorprendo de mí: mi voz sigue neutra, no siento la más mínima gana de enfrentarme a él y con esa pregunta dejo la veda a que me pregunte qué porras hago en Francia.
- Bien, como nunca. Hemos superado los problemas después de la guerra. Hemos conseguido los veinticinco años de paz -no puedo dejar de atragantarme ligeramente-. Ahora se invierte mucho y estamos intentando enterrar viejos odios …
Dejo de escucharle porque su perorata me suena a propaganda. Aunque tal vez se lo crea, puede ocurrir a quien se encierra en una burbuja, y el poder no deja de ser una molesta burbuja, molesta, digo, para los que la sufren, o sea, los gobernados. Me digo que lo lógico sería en ese momento decirle que fui miliciano, revolucionario y antifascista, que no tengo ganas de seguir la guerra por las calles de París, pero tampoco me apetece que me suelte todo aquello de los veinticinco años de paz y la necesaria reconciliación de las dos España, lo que además, según he oído, coincide para colmo con lo que empiezan a decir los del pecé en público.
Pero me domina mi carácter pacífico. Ha tenido suerte, se hubiera podido encontrar con cualquier otro de los nuestros, los que siguen en el POUM, y entonces sí que hubiera sabido lo que vale un peine, sin embargo se ha encontrado conmigo y cuando termina de hablar guardo silencio, él guarda también silencio y tal vez en su fuero interno se pregunta si no seré yo un rojo refugiado. Aunque no debe de sospechar nada porque me pregunta por París, me cuenta que es su primer viaje a la capital francesa, que siempre admiró a sus escritores -resulta que el militar (porque sigo en mis treces) tiene su cultura y ha leído a Balzac, a Zola, a Maupassant, incluso a Huysman y a los hermanos Goncourt (si al final va a resultar que es profesor de literatura en algún instituto de algún pueblo perdido)- y que por fin ha pasado unos días en esa ciudad que tanto admira. Yo sigo callado y temo que me quedaré sin saber si es o no militar, me planteo incluso preguntárselo directamente, porque en la segunda bocacalle yo tiro hacia la derecha y él habrá llegado a su destino, nos separaremos y posiblemente nunca más nos volveremos a ver, seremos simplemente dos personas que se cruzaron por casualidad.
Me sigue hablando de literatura. En este momento me planteo muy en serio que me he equivocado. Llegamos al segundo cruce. Me paro y él se para. Le enseño la plaza y le digo que es lo que andaba buscando.
- Yo tiro por allá. -le digo apuntando la calle de la derecha.
- Sabe -continúa como si no hubiese entendido que aquello era una despedida-, mi padre fue profesor de francés, como Antonio Machado, aunque él, como yo, se decantó ideológicamente más por el bando de su hermano Manuel -no pude menos que aceptar que era una bonita metáfora para subrayar la España elegida, daba incluso el pego de que aquello había sido más bien una guerra de poetas-, yo heredé mi admiración por Francia, a pesar de que en mi profesión sigue sin estar bien visto.
- ¿Es usted militar, verdad? -es imposible negar que me lo ha puesto fácil, a tiro.
Nos despedimos sin necesidad de darnos la mano. Guardo una mínima actitud de distancia frente la España triunfante. Yo no soy del PCE y me lo puedo permitir. Reconozco que en otras circunstancias hubiéramos sido buenos contertulios. Pero en lo que pienso en este instante es sobre todo en mi capacidad para conocer a las personas nada más verlas. Tengo buen ojo.

Juan A. Herrero Díez


EDIFICIOS GRISES

Creo que me pertenecen sesenta metros cuadrados
de oxigeno claustrofóbico financiados por el gobierno.
Y una plaza de asiento en una sala de espera, con cafeteras
a setenta y cinco céntimos de Euro el mal trago. Y una apretada cagalera,
despega de tu trémula zancada del hospital nauseabundo
a tu apartamento gris, que recuerda un retrato antiguo.
Quiero y no puedo salir de ese edificio, también
grisáceo, que sobresale de mi herida amortajada con sueños rotos.
Pareciendo unos espantapájaros en la urbe submarina e inquisidora.
Un horizonte es para atrás, como la visión de las grúas desde
abajo. Tal cual un Don Quijote y sus molinos. Yo miro, y comparo
los desafíos que las épocas han perpetrado a los más encogidos.
De rodillas y brazos en cruz de cansancio, de derrota...
Será de tanta miseria que se respira en la atmósfera.
Desde dentro para fuera y lo que recoges lo sueltas dentro.
Y lo que sobra mira desde fuera. Y no deja de mirarte.
El pijama es una agobiante prenda que te vela la pesadilla
de ver lo que te rodea... las alcantarillas tocan a muerto,
los fumaderos de hachís son bancos destrozados y alejados de todo,
los yonkis generacionales son traicioneros de por vida,
las madres de luto son vírgenes que se quemaron antaño.
Y los mártires de la locura son ángeles marcados con puntas
de estrellas, (por que está comprobado que en ellas está su destino).
Los bares de rumba populachera donde gritan los macacos,
(la cultura allí en el purgatorio baila la soleá de la ignorancia),
los niños lloran un llanto mecánico que aprendieron del biberón seco.
Los camellos, los proxenetas, los taberneros y los prestamistas
se hacen mecenas de la muerte, hecha canción,
¡por infinita vez ya!
en este, el mío rincón.
¡De sesenta metros cuadrados de oxigeno claustrofóbico
financiados por el gobierno!


Por Cecilio Olivero Muñoz


AHOGANDO SUEÑOS

AMOR: DEJA QUE MIS SUEÑOS SE HUNDAN

EN LA PROFUNDIDAD DE LAS AGUAS.
PERMITE QUE MIS MANOS ACARICIEN

LA SOLEDAD DEL SILENCIO.
DÉJAME LLORAR LA AGONÍA DE LA VERDAD
Y MIRAR CÓMO DESTRUYES

LA VIDA DE QUIEN TANTO TE AMA.

AMOR, QUE ATORMENTA EL ALMA,

POR ESTAR LEJOS DE OLVIDO.
AMOR, QUE DUELE Y NO TIENE

CURA EN EL TIEMPO.
AMOR, QUE CAUTIVAS, SIN SABER

LAS AÑORANZAS DE UN CORAZÓN.

SÍ AMOR, TÚ QUE SIEMBRAS ILUSIONES

Y LUEGO ALZAS VUELO COMO BLANCA PALOMA.
AMOR, DEJA QUE LA MISTERIOSA

SOMBRA CUBRA MIS ESPERANZAS.
AMOR INDESCRIPTIBLE CON CORONA

DE PÉTALOS SILVESTRES SABOR A MIEL.
AMOR INOCENTE COMO LIRIO EN PRIMAVERA.
AMOR QUE INSPIRA Y ROBA SUEÑOS DE UN AMANTE.

DEJA QUE MIS SUEÑOS SE EVAPOREN

EN LA DISTANCIA Y EL TIEMPO.
AMOR, DEJA QUE MI VIDA PERMANEZCA

BAJO LAS ALAS DE TU ADIÓS.
DEJA QUE TU RECUERDO SEA MI FELICIDAD.

- Luis Alberto Chinchilla Elizondo-
Grecia, Alajuela, Costa Rica
Correo electrónico: luischin_63@hotmail.com
1er Ganador en el 1er concurso poético
ofrecido por la Revista Cultural
“Espíritu Literario”.


Confidencias

Hoy
cuando el invierno
trazó espirales
de fríos en mi alma,
quise rescatar
mi tiempo
y volver al ayer
poblado de risas,
de juegos y escondites.
Necesité el retorno
a mi casa humilde…
a mis raíces.
A los días
con muñecas de trapo
cosidas por mis manos;
entre hilados de alegrías
y sonrisas marcadas
de esperanzas.
Mis pasos quedaron
en la acera
desnivelada por los años.
Vertí una lágrima
por la gente que ya no está.
Y aunque el pájaro azul
de la alegría
voló conmigo
un instante.
Torné en verso
la agonía
de no ver
a los que amo.

Lucila Soria

Santiago del Estero (Argentina)

CARTAS PUESTAS EN EL BUZÒN DEL AZAR

I

El insomnio de las bestias del cielo es perverso, como los secretos de las mentiras de la placenta. He danzado con estupor en el infierno y en las noches barrocas, con la perfidia de la escoria murte. La noche amortaja a las resurrecciones ulceradas de los guijarros. Me he limitado a escribir palabras como un muchacho torpe. He intentado robarle tiempo a los relojes o simplemente detener sus vagones. Amo a las abominables amigas, porque con ellas perdí los mejores momentos de mi tiempo. A las guapas les deseo: Suerte de loco. Me enamoré como los idiotas o los presos, del espejismo de un hermoso cuerpo. Ahora desesperado como un fugitivo, intento rehacer mi vida. Escribo los versos que invento y escribo sobre el cuerpo de la mujer que amo. Busco desesperado en la boca con sabor a sal, al placer silencioso que sofoca los gritos. Acaricia la espalda y el arco que destrenzo con la yema de los dedos del solsticio, hasta borrar la sangre de la historia que escribimos.

Como el trébol idiota de los reyes que se inmolan en estatuas, levanto las torres derrotadas del cuerpo. Soy impío como los paridos por una costilla inquisidora. Respiro como las pesadillas de los ritos de las vírgenes o la risa del sol que golpea su inocencia. Si hubiera nacido en otra época, no sabría si me hubiera salvado de la hoguera o de la horca. Soy un demonio fruto de la caja de Pandora. Algunos versos ininteligibles, toman café o vino tinto, mientras se celebra el sacrificio ritual de las crepusculares vírgenes. Un hombre se suicida por culpa de la diatriba y por perseguir su honor al placer de apuñalearlo como a una serpiente empinada. Me siento químicamente impuro como la historia. Añoro la taquigrafía, para no perderle el paso a los pensamientos. Reconozco el suero de la genialidad de Brindisi, para revivir a la vida de su desesperada agonía. Adjetivo como una biblioteca despreocupada, así no alcance a tomar el autobús, para recoger los últimos versos de la imprenta.

La melancolía de los esclavos de la desnudez, gime cual animales heridos por la traición. El fuego de la sangre del príapo se transforma en mármol oscuro, como el enrarecido acero que responde a la alquimia del encanto pùbico de la madreselva. He ofrecido mi mundo, a quién me rehabilite del veneno de la manzana. ¡Sé que soy culpable! No me charlotees más. La parte loca de mi vida murió, cuando el destino me arrebató a la mujer que más he amado. Soy más un ciudadano común que un vago profesional, un bipolar o un poeta, así sean casi lo mismo. Me financio con la inutilidad de mis sueños y erogo como un gramófono: Versos obsoletos. No entiendo al desequilibrio democrático que me margina. Creo que he cumplido con todos los requisitos, para que el cielo me niegue la visa. Estoy de acuerdo con la opinión pública: La plática de mis versos es una mierda, por culpa de la sensualidad de algunas imágenes y por eso: Debo ser excomulgado. Hoy le pido de corazón a Dios que alabe mi deshonra, para sentirme menos serpiente o murte. Me siento como un inquisidor, bebiendo cicuta para dormir en paz. Silba insomne el mar y los argasos de las pútridas arenas. Como la pesadilla de la clepsidra que despierta con el aroma del sexo fauno, la mano invisible de la vergüenza de Dios, escribe a su antojo nombres para restaurar el temor a su espada.

Dicen los astronautas, que el universo gime como un cuerpo burlado y al borde de un ataque de histeria. Amo lo indómito de los adúlteros vagabundos. Soy como las silabas que deciden el destino oscuro o luminoso, de nuestros intolerables rugidos. Soy un chacal que acecha con fuego, en la lenta cacería. El futuro púrpura de los latigazos del hierro, hechiza a la frialdad de las arenas del desierto. El escalpelo atosiga, a la agonía del cautivo. Los fragmentos incandescentes del rostro, cortejan al orgasmo de la antorcha. Sé que Dios ríe a carcajadas, cuando lee los absurdos de mis desvaríos. Dejo que el laurel de mis manos claudique, sobre la espesura de la fronda. La pradera geométrica del rictus carmín, hereda al alucinante jaque mate de las luciérnagas y de las mariposas.

Suena el teléfono y las hormonas de mis suspiros, arden cual teas de ilusiones. Tu voz siempre trae la alegría de las ilusiones de la primavera, dentro de un talego de quimeras y utopías. Tus palabras me ponen a volar a más de quinientos grados, que es la temperatura ideal del placer. A través de los mares de las noches entre claroscuros, lágrimas, besos y semen, la ciudad se devora a la belleza de las bellas; brujas a las que la alquimia reduce a escoria murte o simplemente, deja que se las devore el orín murte de el túnel diabólico del tiempo. Los labios de sus miradas, gozan de todo el desencanto como el filo de una cuchilla suicida. Ahora que vivo muerto, comprendo a la filosofía que nos legan los difuntos y a los absurdos versos, de algunas de sus miserias. El amor se deshoja, para conservarlo en alcanfor. Nuestros promiscuos besos sin bozal, demuelen lo construido por cupido. Las ilusiones enfermas cicatrizan con dificultad. ¿Dónde están los poetas que necesita la vida? Pretendo vivir como un Rey a mi manera, pero vivo en deuda con dios y con la izquierda, mientras con la derecha escribo la palabra primavera y toreo al natural con derechazos a la vida.

No reserves tus mimos para amores a destiempo. Dime que tu lengua no está jugando con mis sentimientos. Dejo que me atrapes y me desees con pasión y sencilla audacia. Cómo me duele la ausencia de tu piel, cuando te vas sin un hasta pronto. La vida se alarga con esos besos que van un poco más allá de la medianoche y madrugan cual semillas, para que no las pise el tiempo en época de germinación. La muerte es un efímero pensamiento, largo como la agonía en un insomnio.

II

La voz que escribe, habla con pasión en la soledad. Los pleonasmos ensucian con la gelidez del éxito, a las palabras que se derraman sobre el blanco del lienzo. ¿Fue tu locura la que le robó, las ilusiones a mi vida? Nunca te prohibí ni te inhibiré de nada, para no alienarte con la deshonra. Tus besos de cirio han dejado huella. Discrepo con las pesadillas que me iluminan, con la fosforescencia del insomnio. No puedo pronosticar una despedida o un adiós sin un: “te amo”, dentro de una botella marinera. Encharque con promesas al futuro de mis ilusiones. Ya reconozco a los caminos del otoño y a la ansiedad artificial de los “Te amos”. Mi razón intenta comprender al sexo sin Amor, mientras el instinto con la prisa de una fumarola, se burla de mi ignorancia.

Dicen que soy un Cristo, por sacrificarme estúpidamente por los demás. Esa es la quinta esencia de mi vida y el color parnasiano de mis versos. Me he enterrado como una esperanza herida por los desengaños. La agonía me asfixia con sus besos. Mentiría si niego que he gozado y sufrido como una noche triste, pero estrellada. Tu amor me ha conquistado, hasta el borde de la locura. He escuchado melodías, como cuando madruga la muerte a segar y truncar ilusiones. El desamor me infecta con nostalgias y silencios absurdos. Un corazón aventurero, no puede ser famélico. Mis sentimientos daltónicos, se iluminan con el Prozac, que se bebe el dolor de los latidos erectos. Regálame un poquito de tu aletargado amor, así esté desafinado y marchito. El amor fractal es visceral e irracional, como el fantástico mundo de Nudelot. Los corazones fríos han envenenado con daltonismo a mis ilusiones. Engendro sueños inalcanzables, que solo otros pueden hacer realidad. La sal de la pasión prospera como un amor imposible, empujado al vacío. Me siento infeliz con las críticas mezquinas, de la irreverente ignorancia. Sabía que el amor es un cáncer, cuando nace como fruto bastardo de una juerga murte. Son increíbles las estrofas que escriben estas basuras; no entiendo como pretenden rimar con una vida digna.

Soy prisionero de mis desdichas narcisistas. No creo en los amoríos comunistas, ni en las relaciones socializadas. Deseo acumular todos tus besos y caricias, para fundirlas en lingotes. En forma de un beso te entrego las llaves de mi cuerpo. Mi bulímica esperanza pasa por entre los barrotes, como una hilacha de versos. Nuestro amor perdura como la sombra de un letargo, gracias a la naftalina. Deambulo como una primavera insomne, robándole el alimento al orgullo que devora al hombre. El tiempo ha cambiado en demasía, el sentir de muchas palabras. La indómita lluvia, es el mar que anhela la mujer. El receloso salobre de la ansiedad, marchita a la desdentada piel, como el sueño enladrillado de un pájaro sin alas. Sin compromiso mis incansables palabras, viajan al azar por el Internet. La poesía ultrajada por la ignorancia, se estrella contra las paredes oscuras de los espejismos. Adopto huérfanos que rescato, repartidos por la ceguera de los inmortales.

Lejos del sin sentido de la vida, revoloteo y me golpeo como un truhán perdigón contra la ventana. Hoy añoro ser murciélago y no un ave atrofiada por la evolución. El futuro imperfecto de las adulteras, se en muralla con besos estériles. Me resigno a defender con el corazón, el paso rutinario del tiempo. Me inquieta que llegue tarde a despertar con mentiras a la milagrosa pasión. La ironía de los pecados capitales, se reduce a la flema de la espada de los poemas.

El indómito amar ni se aprende, ni se olvida. La vida se despierta con el ulular espléndido del devenir. He soñado con el fruto de tus labios y que me hipotecaban a la vida. Me ilusiono como todo imperfecto, con la cercanía de tu pequeña muerte. La belleza de tu madre selva, la compara el coleccionista con una rosa de cosecha. Es apasionado su aroma, cuando no se confunde con absurdos crucigramas. He aprendido a soñar despierto y sin miedo a los errores. Se despeña el placer robado, por un precio al amor. La luz de mis ojos por entre la cerradura, se encandilan con tu belleza. Sobrevivo con el retal del verano, mientras mis ojos se olvidan de tus besos. Te he calentado, hasta agotar mi impotencia. Han sido cuatro polvos, con yemas de desengaños. He sucedido a la mitad de tus ilusiones, pero en la otra mitad: aún reposan sus cenizas. Mis caricias se engominan entre la mitad de tu mitad, de tu cejijunto puerto turnezco. Todo entierro amoroso por culpa de los desengaños, termina en una despedida. Por amor nadie muere, pero malgasta nuestras ilusiones. He aprendido a no derrumbarme, por culpa de los desengaños. Nada es más frágil que un castillo de arena. El futuro dislocado que congela a la agonizante pasión, desvirga a la tristeza de los corazones, muertos en vida. Hay campanas seductoras que sólo escuchan los amantes. Mi cruz son los versos que necesito, para soportar los momentos tediosos de la vida. Galopa descosido el futuro de los amantes. El sempiterno amor alocado, sopla adormilado besos enfermizos. Un jilguero apóstol de los malos sueños, muere nadando entre oscuros versos.

III

He recorrido caminos reales empedrados y con fango hasta las rodillas.
He caminado hacia la bruma de las utopías, buscando como loco un encanto o razón profunda para vivir. Vivo con la convicción de no haberme equivocado de batallas. Deseo retirarme a escribir poesía, con las verdades a medias que conozco. He intentado encontrar en la oscuridad, el significado de la palabra amor. He reído y llorado con mis hermanos, quizás por diferentes razones. Las noches de luna y los días de Sol, son muy diferentes para todos. Soy un zarzal para el mutismo de las palabras y la cordura hipócrita de la vida. He susurrado palabras cautelosas en forma de cánticos, para que el mundo no diga que lo grito. Nadie nos comprende ni nos estira con generosidad la mano; tampoco nos falta nada de lo indispensable para sobrevivir con un mínimo de dignidad.

La amistad florece como los colores de la primavera, sin la pasión ardiente del verano, ni las tristezas otoñales del invierno. Aprendí que los amores que se van, jamás regresan siendo los mismos. Hoy le dirijo palabras sugestivas, a los silencios de tu piel y a las sigilosas afonías de tus cavernas. Los faroles de la noche se encienden, cuando no estas para honrarte con besos y respetarte, así existan caricias atrevidas. Te escogí porque estoy cansado de los desencantos, de esos amigos “ronzalitos” que se prostituyen por nada; sin importarles el alma de nuestros corazones, cuando es franca la compañía que se ofrece. Nunca te he olvidado, así pienses que me he alejado más que un poco, pero tú representas para mí, una rosa de los vientos, una estrella constelada con encantos seductores. Siempre te he aceptado como eres, mi pequeña saltamontes, mi libélula dorada. Quiero acompañar con mi canto a tu alma y que mi poesía sea la música de mi destino... Sólo te ofrezco confianza y nido para que invernes, cuando te sientas sola.

Todos hemos sido en cierta manera: ¡Asesinos murtes! ¡Cuántos corazones hemos matado, con el veneno de nuestra indiferencia! Hemos suministrado, gota a gota el letal brebaje ponzoñoso. Hay besos, caricias o palabras, que hacen más daño que una herida de bala. Cuando bebía o huía por unas horas de la catástrofe, era consciente que me suicidaba. ¡Yo asesiné los mejores años de nuestras vidas! Y así lo hice con ella, con ellas y contigo. Hoy mi piel, se siente culpable como una asesina en serie. La inocencia del cuerpo del delito, ignora los consejos de los sentidos. Me regalas horas en minutos de guerra arrabalera. Beso hasta el hastío con mimos que desgrano en catarata, a tus pezones y sensuales senos. La razón ignora a los conjuros de la brújula. Eros nos arrasó y no dejó sin conquistar, nada para la imaginación. Las florestas de nuestros cuerpos se doblegan, con los reflujos de los latidos del corazón del tiovivo. Te he visto cerrar los ojos, para dejarte arrastrar por las aguas de la apetencia. Deja que la lujuria se embriague en tu pubis y conquiste uno a uno, los cráteres de tu cuerpo. ¡Eres mi adorada y excitante putita! Eres tan difícil, que te lubricas toda con una leve caricia. Te tiendes para que te estimule y provoque como una hoja en blanco, cuando desea ser llovida, hasta el último rinconcito con versos. Seduces y arrastras al pecado, con la punta de la lanza de tu boca impía. Es misteriosa la embravecida tierra húmeda de la primavera. Entre jadeos morriñosos, vivimos una deliciosa aventura y pecadora. Dejemos que nuestras adictas ingles se ciñan, como nuestras lenguas a la carne. ¡Es el festín de la vida indómita! ¡Es la danza del canibalismo puro! El olor delirante de tu piel me perfuma, cuando me zambullo con hambre dentro de tu floresta. Reconquisto los versos prohibidos por los miedos o las buenas costumbres. En la intimidad lo higiénico, luce bastante extraño. Amo al delirio de las empalagosas caricias. Amo el sacrílego holocausto que celebramos sobre el altar de las inmolaciones a la vida.

El desdén polifacético de los versos, constelan como los sollozos del aroma de tu cuerpo. Brillas desnuda como el lirio de una pequeña estrella, después que te rescate del miedo y la indolente indiferencia hacia tu mundo. ¡Por Dios! Hay tanta vida y pasión en tus senos, como maldad en tu mirada y sedientos labios. Eres una deliciosa sandía, cuando seduces con una entrega total. Tus pezones se erizan como una esperanza, cuando germina. El sol demarcó los espacios erógenos, para que no se extravíen los besos ni las caricias. ¿Cómo podría negarle un beso, a la belleza de tus nalgas? No sé si tu culo son montañas, montes o manzanas. Eres un hermoso mapa de piel. Tu cuerpo es una estación de relámpagos, una tormenta cuando nos descubrimos como una pareja de invidentes, enamorados. Nos besamos íntimamente y un poco más allá. Huimos del mundanal ruido, para amarnos. Vivimos cada segundo del amoroso éxtasis. Derramamos todo tipo de besos y de caricias sobre nosotros. Deslízate por los poros de mi piel, como una profana despreciada por las blasfemias. Deja que mis besos evaporen los miedos de tu cuerpo y dejemos que la locura nos pierda, dentro del delirio del fuego. Percibo a las lágrimas descontroladas del clímax, mientras un orgasmo salta como una eyaculación suicida entre tus manos o se desborda dentro de tu boca.

Devoro con osadía la rosa de los vientos, de tus sueños. Mi lujuria se devora con besos, a tu amoroso y pequeño lirio. Te regalo pócimas de semen, hasta sacar de madre a tu corola. Es triste saber que no puede reencarnarse nuestro sentimiento. En las profundidades del candoroso volcán, se humedece la sed de la pasión. Suspiro cuando las sábanas se estremecen y la lava de la natura ensalvajada, te preña perversamente los óvulos de todos tus sueños. Los músculos del cuerpo respiran, estremecidos por la infernal demencia. Esto es “amoroso sexo”, es el producto de la alquimia entre lo racional y los absurdos salvajes de nuestros instintos. ¡Navegamos remolinos y deliramos! Disfruta con saliva o con un poco de bebida, tu trofeo. Gemiste victoriosa como la sinfonía y la fuga en el breve orgasmo, como una desbocada yegüita de mar. Gotas de placer llovieron, rompiendo los silencios de tu carne. El amor y la felicidad, son la metáfora de una ilusión. Recogemos los cadáveres del orgasmo como empacando osamentas de masacres, dentro de bolsas negras, después de una batalla. No sobrevivió ni un vestigio de la ferocidad. Mañana se espiarán nuestros recuerdos y nos verán como a inocentes escribas, nuestros nietos. Todo cambia, amor mío, como la piel de los días o de nuestros sentimientos. No me olvides ni me ignores, como una maldecida bestia. La lujuria se enajenará y nos negará el placer de nuevos orgasmos. La vida se compone de capítulos y vivimos con pasión los nuestros.

Deja la cama así, para que no se borren las huellas de tus recuerdos. Mañana se borrarán las rutas que dibujé con besos. Intento recoger algunos fragmentos, de la lujuria que regó el magma de los amorosos versos sobre tu cuerpo. Ahora necesitamos de otro tipo de besos para no sentirnos sucios, cuando regresemos a la realidad. La otra orilla esta detrás de esta puerta. Ya no necesitas de cadenas, ni de máscaras, ni de miedos. Sigue sin mí amorita mía, que el camino de la vida es infinito. Sigue soñando, delirando y persiguiendo estrellas imposibles. Corre desnuda y baja a las ilusiones que se enredaron con algunas ramas. ¡Vive!. La vida es hielo y fuego. No enmiendes tus pasos, cierra los ojos y déjate seducir por las caricias del viento. No reserves nada para el futuro. Quizás no exista para nosotros: ¡un mañana! Sigue sin mí, amor mío… no voltees a mirar que es de mal agüero. El devenir te extiende la mano y si persistes, habrá una sombra aguardándote. Sigue sin mí, amor mío, sin lloriqueos, ni suspiros… la vida es una cadena de adioses y comienzos… las heridas sanan con sal, besos y aguardiente. Agua ardiente como el mar o la muerte. El gélido piélago de los milagros de mis pasos, con la exhuberancia motriz del peso del desarraigo, olvidan y perdonan a los asesinos de nuestro futuro, a la ceguera de los mercantilistas y de los avaros. Siento envidia de los pájaros del acantilado, cuando saltan excitados al vacío y extienden las alas como un viejo olivo, como si estuviera escribiendo versos o dando una rueda de prensa. Gracias a ti, he vivido en un infierno de chocolate.


IV

Con la voluntad de un corazón heroico, intento construir con versos un mundo de fantasía, en donde sobrevivir a este absurdo holocausto. Aprendí que es más fácil llorar camuflados entre un zarzal de versos, porque nadie nos ve, ni puede expresarnos lástima. Vivimos lo que teníamos que vivir, bajo las sombras de nuestros destinos. A veces pienso que ni siquiera Dios, es el mismo para todos. A veces me siento en la soledad a hablar con mis pensamientos y algo de esos secretos sublimes, lo plasmo en versos. Me redime la oquedad y el bronce de mis sueños.

A veces me despierto con las esculturas de los desnudos del mar. La belleza de las rocas talladas, son incandescentes como el hermoso veneno de las palabras en el sexo. Por tu belleza te he coronado como la Puta Reina de la Noche y en verdad, te lo has creído. Te necesito equidistante y bien cerca a veces, como el placer o una oportunidad suicida. Despistemos a las ilusiones esculpidas, por una baraja de falsas oportunidades. Te entregas sin miedo como un ansiado plato fuerte o el fugaz entremés, donde se saborea y se muerde, hasta hacer sangrar al vino. Me sumerjo en el deseo de un viaje astral, como un tránsfuga gato paria, que narra como todo ser viviente sus experiencias, sin pelos en los bigotes. Me siento como un insólito visionario a oxigenarme, ignorando a los miserables que se resignan, por no saber nada más que ejercer un absurdo y obsoleto sacerdocio. Los místicos más creíbles se esconden como el azafrán o la hierbabuena, entre sombras inalienables. Las piedras se sorprenden cuando les pregunto, sobre la realidad de la existencia de los tres mojones del triángulo.

Deseo polinizar sin albedrío con la amapola que provoca el redescubrirte como hembra. Me extasío cuando me desvisto, con las líneas de tu cuerpo y los pezones de tus misericordiosos pechos. Quiero que la carne viva el veneno ponzoñoso de la boca de mis arrumacos. Deseo inocular tu cuerpo, salvaje y hermoso, mientras aguardo el milagro, cual cenizas de la mañana. Los charcos del invierno reflejan, la luminosidad de mi insomne noche. Como un pirata imaginario, conjugo con tu entrepierna, hasta calmar la sed del deseo, arrancándole al diamante de la perla dorada, destellos de la lujuriosa testosterona, para un amor más profundo y complejo. Al principio el amor es explosivo, como la química de la monogámica vasopresina. Después de un maravilloso orgasmo, no deseo más ilusiones ni promesas con espejismos de un paraíso o un cielo que no son más que nebulosas. No deseo saber más de un dios con azhaimer o quizás, ya ha muerto. Ilumina la esencia de los suspiros que aspiras con tus besos. Escucha a la ideología trascendental de mis desvaríos. Tú eres la razón aterciopelada que se desliza dentro de la carne de mis versos. No me desnudo para ganar guerras, ni levito en las madrugadas, ignorando las tentaciones del chocolate de la “dolce vita”.

El olor de la desdicha, me desespera. Me evaporo entre la lluvia, con el silencio del olvido y en compañía de los aciertos de algunos versos. Me refugio entre escombros y armo cadáveres exquisitos para soportar el tedio, mientras siguen cayendo bombas en algún lugar del mundo. No entiendo lo que llaman oportunidades o tierra fértil. El dolor se refleja en el horizonte, como el arco iris que brota de la sangre de los vencedores y vencidos, caídos inútilmente en acción. La nieve crece como el crisol de una avalancha, arrasando los sentimientos sobre mi pecho herido por la diabólica nitroglicerina. Respiro como un promiscuo satélite de insulina o un obsesivo dependiente, de la monótona diálisis. Cada letra es una molécula fragmentaria, de un espíritu desordenado que suda miedos. Aúllo como un pájaro desesperado, dentro del laberinto de los ecos sordos. Creo más en el poder de un áspid, que en la mano de Dios. Expreso verbos enardecidos, ante los absurdos impredecibles de una justicia paquidérmica, obsoleta y estéril. Me encrespan los grilletes imaginarios e intergalácticos. Los muertos que dejan las macabras tormentas humanas. Todos fingimos ser inmortales, pero nos camuflamos con sangre. Siento repugnancia hasta el borde del agua, cuando imagino a la desnudez mendigando un poquito de amor. Las garras del instinto apasionado de mí invernal octubre, fustiga el placer de mi equipaje erótico, como la ternura del cañaveral sobre el que nos revolcamos, como si fuese el arenal sobre el que nos balanceamos para engendrar un fruto primaveral.

Los espectros famélicos, se ensañan con los locos. La soledad más que una invención, es el candil de los fracasados. Siento más envidia que rabia por lucir harapos y morir escondiéndome del infortunio, como un escarabajo murte. He vivido burlándome de dios y de la muerte, pero he sobrevivido. Lloro por la destrucción irrefrenable de la tortura; por el dolor de los que se quedan, cuando desaparecen sus hijos y los sueños, quedan sin bandera. Reprimo a los cuervos por no ser transparentes. Cuando me sublevo e impaciento, lloro como el agua desolada. Cuando desahuciaron mi alma, me confabulé en el sexo. Soy un adicto al olvido, cuando me enzarzo con mi amada y nos confundimos en una sola sombra de desencantos. Mi carne llora y respira como el bronce o el cemento, cuando no puede retirar ilusiones del cajero automático. Dicen que vivo en rojo, pero aún me quedan cheques por llenar en la etiquetera de los desencantos. El reloj de los demonios se olvidó de mi nombre. Me río de la fe de mis mentiras y de las calles que han vivido mis agonías. Anoche me bebí como un horno 2 litros de whisky y escasamente se ahogaron, un par de maldecidas penas.

Cuídate de las serpientes murtes que acechan sigilosas, camufladas entre la locura pervertida que corroe al horizonte. Hay muchas monas malucas que hechizan con la mirada erguida de la sinvergüencería.

Héctor “El Perro Vagabundo” Cediel
hcediel@yahoo.com
2009-02-13


CINECLUB 0’0


Pasen a butacas, miren sus butacas.
El espectáculo de ahora
lo habéis visto ya,
y lo veréis siempre,
¡Asegúrense del número de la butaca...!
No sabéis porque os gusta
pero le encontráis el morbo,
porque gusta a la mente universal.
La vuestra y la mía.
El personaje es familiar
y lo soñáis tanto que os hace llorar a veces
al despertar del sueño efímero,
que tiene el hombre amante.
Su pecado es nacer
y nace para ti.
Si no lo quieres levántate y escupe.
Yo soy el taquillero, el acomodador
y el único personaje.
Puede parecer pesado,
pero tan sólo es un alma.
-¿Acaso no sois almas?-
o -¿Sois corderos?-
El protagonista no quiero ser yo,
pero tengo que vivir con ese perdón
hasta el fin de la sesión.
No quiero hacerte llorar.
Pero te quiero ver libre.
-¿Es que yo soy una pantalla?-
-Por eso tiemblo al pasar-.
En el celuloide la velocidad es tan rápida
que hace romper al sonido.
-¡Se ha roto el rollo!-
Pero soy actor de un grado comediante
y todo parece un estallido de risas.
Bien... muy bien, el público ríe.
Recupero el celuloide pero la película es obsoleta,
-¿Eso es porque habré sobreactuado demasiado?-
-¿Pero es el papel real?-
(Ya empiezo a notar el silencio;
me pone nervioso).
Y con el temblor de la luz
es más palpable.
No quiero que palpéis mis nervios.
Me da miedo. -¡Qué estúpido!-
-¿Entonces por qué escogí este trabajo?-
-¿Por que mi alma sueña y quiere ser egocéntrico?-
Pero el amor lo oculta.
A mí me gusta toda la película
pero me preocupa el público;
más bien me horroriza.
Por nada. Por nada. Por nada.
Si no porque el público impone,
sobretodo cuando me desnudo,
pero interpretar es mentir.
-¿Me odiará el público por mentir?-
Pero ellos también mienten,
porque nadie tiene un sueño perfecto.
Yo les quiero hacer soñar
y cuando les veo soñar conmigo
me transportan a una alegría de éxtasis.
Eso es lo gratificante.
Pero quiero un papel normal,
porque no tengo mucha memoria.
No me acuerdo de las películas que he hecho,
ni tan siquiera un poco.
-¿Me voy a acordar de un extenso soneto o monólogo?-
-El papel grande para el grande-.
Yo solo soy un pobre taquillero, acomodador
y el único protagonista.
-No quiero actuar más, estoy cansado-.
Primero bostezaré, haré un final feliz
y soñaré que tú también sueñas felizmente.
Pero no lo consigo. No lo consigo. Y consigo...
Resultar ser un patético villano.
-¡Qué malvados!- El público aplaude
cuando me matan.
-¿Acaso soy el más feliz de la tierra?-
Porque el cine no es lo que era.
-¡Muere, muere, muere!-
-Muy bien moriré-.
Pero si me aseguras que cuando pase la sesión, sueñes...
Me queréis muerto, pues muerto. ¡Muerto!
Así podré ir a maquillaje
y quitarme la diadema de princesa.
Ya aplauden, ya aplauden, ya aplauden.
-¿Pero a quién aplauden, si está el pantallón ya blanco?-
-Aplauden a la luz retráctil-,
-(me dice una voz de transistor psicológico)-
Su luz frontal les hace soñar.
-Tú no, tú eres el villano-.
-Seguramente no podré dormir bien-,
-ellos soñarán, pero para eso actúas-.
Y para eso eres el taquillero, el acomodador y el único protagonista.

Por Cecilio Olivero Muñoz

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