viernes, 7 de noviembre de 2008

13º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



13º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA
NEVANDO EN LA GUINEA
NºXIII 08-11-2.008

EDITORIAL XIII
El tiempo de la literatura


El tiempo corre. Es algo que sentimos en nuestra vida cotidiana a partir de cierta edad y es algo, también, que apreciamos en el transcurrir del tiempo histórico. Hay un tiempo marcado y definido por la convención de los calendarios frente a un tiempo que viene fijado por los acontecimientos. Los años y los siglos se suceden de un modo inequívoco a través de las fechas, pero las épocas nacen y mueren de otro modo. A nadie se le escapa que el siglo XX, que para los calendarios nace el 1 de Enero de 1901, surge en realidad tras el terremoto de la primera guerra mundial y la revolución de octubre de hace, este mismo mes, setenta y un años, y muere para los calendarios el 31 de diciembre de 2000 mientras que para la Historia sea la fecha del trágico atentado de Nueva York el que dé el portazo definitivo al siglo XX y suponga el inicio del XXI.

Poco años han transcurrido, por tanto, en este siglo y parece que haya pasado de todo. Se han acentuado algunos dramas, como la hambruna, las guerras y las bolsas de miseria. Una parte minoritaria del mundo se ha enriquecido con extrema rapidez y ha arrastrado a la humanidad a una crisis cuya dimensión aún no conocemos. La violencia muestra su cruel y cruenta faz que nos indica lo vulnerable y frágiles que somos. La tecnología, sin embargo, se ha desarrollado de un modo que hace bien poco ni hubiéramos imaginado, aunque no hemos resuelto graves problemas como los mencionados ni cuestiones morales de vital importancia. Han nacido nuevas formas de rebeldía contra un mundo que mantiene la injusticia como característica esencial. También nos confunden nuevos simbolismos que nos cuesta interpretar.

En medio de todo este caos, natural e inevitable para algunos, mientras otros consideran que es preciso superar, la literatura se vuelve una vez más un lugar que nos devuelve una mínima serenidad. La literatura no deja de ser esa necesidad de contar y de embellecer la realidad con las palabras. Es algo que ha existido siempre, desde las cavernas, cuando los primeros seres humanos se reunían para intentar explicarse la vida y recurrían a las metáforas y a los símbolos para que todo se volviera más benévolo y se siguiera buscando la felicidad en un mundo tan poco propicio.

La poesía es un arma cargada de futuro, afirmaba Gabriel Celaya. Nosotros somos partidarios de tan bella metáfora y deseamos que las armas, las de verdad, se conviertan en versos, en relatos, en novelas, y no continúen siendo las herramientas de matar que son ahora. Porque la literatura, al igual que en otras épocas, sigue siendo la forma de explicarnos el mundo, lo que nos rodea, lo que nos desasosiega o nos emociona. Por eso creemos también que la literatura no debe ser esa torre de marfil que algunos desearían, aun cuando a menudo el mundo nos parece tan horrible que nos tienta encerrarnos en tan bella torre. Pero sólo una literatura capaz de adentrarse en la sordidez del mundo podrá hacernos vibrar, aunque pueda, es verdad, hacernos también daño.

El tiempo corre, pero la literatura permanece como ese magma que va creciendo año tras año. Podemos sumergirnos en las obras del pasado y reconocernos en ellas, es universal y atemporal. Como decía Bernardo de Chartres, seguimos siendo enanos a hombros de gigantes. Gracias a ello podemos otear el horizonte y proseguir el camino.


LA RABIA

Mi rabia es una hambrienta,
se disfraza de paciencia,
se apellida Sarmiento
y es experta en esa ciencia
de juzgar el arrepentimiento
y se trepa en la indecencia.
Escupe afuera el momento,
saca a pasear a tu rabia
¿no ves que sin incremento
toda tu mierda se te radia?
Hoy me conocí indefenso,
hoy creé seria circunstancia,
hoy me arrepentí inmenso
de toda la verdad sin falacia.
Desahúciame de lo que pienso,
vacíame de toda mi gracia,
clávame en pared y dame pienso,
deshazte de mi acrobacia,
ama aquello que desprecio.
¡Sé sólo para mí la gran reacia!
Toda esa luz tiene su precio,
toda esta montaña es burocracia,
huye de lo que es cierto,
huye de toda cruda desgracia.
Ya no respeto lo que yo pienso,
ya no acude a mí la contumacia,
soy de mí mismo un preso,
acudo al rincón de la farmacia,
ya no saludo, rezo o hago sexo;
todo en mí se ha hecho ineficacia,
se ha acomodado todo el peso
vacío que deja la infancia.
Hoy comento conmigo lo siniestro
de perder mi militancia
donde las resinas pegan mis restos,
donde las huellas de la perspicacia
me dejaron deshecho.
Por Cecilio Olivero Muñoz

EL ENTIERRO


Me extraña verle aquí, le dije a modo de saludo. Me había acercado discretamente nada más reconocerle unas filas delante de mí. No me costó distinguirlo pese al tiempo. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de mi presencia y por un momento, mientras aún no tuvo claro quien era yo, y es que habían pasado muchos años, le debió de molestar que alguien se dirigiera a él. Tampoco lo esperaría y quizá no lo desease. Pues usted tampoco es, me parece a mí, de los que se esperaban ver por aquí, me espetó nada más reconocerme. Sonreímos condescendientes. Ha venido por mala conciencia o por cerciorarse de su muerte, me preguntó. Eso mismo me gustaría saber de usted, le dije entre murmullos, para no molestar el desarrollo del entierro. Yo le pregunté antes, me dijo en susurros, aunque era evidente que había cierta disposición de mando en su voz. Recordé que siempre le gustó llevar la batuta de todo, que nos diéramos cuenta que quien mandaba era él, no sólo por una cuestión de escalafón. En todo caso, me había formulado una pregunta que, con toda certeza, del mismo modo que me pasaba a mí, llevaría dos días haciéndose, desde que le llegó la noticia del fallecimiento de nuestro antiguo enemigo y prisionero. Era verdad: había pasado mucho tiempo, treinta años nada menos, habían sucedido muchas cosas, y de pronto la noticia de su muerte nos enfrentaba a viejos fantasmas.
Nos mantuvimos en silencio el resto del entierro. La pregunta quedaba pendiente de respuesta y él me daba tiempo sin duda para que yo mismo me aclarase. Si me ha hecho esa pregunta, tuve para mí, es porque le domina cierta culpabilidad. Él, además, era mayor que yo, no podía alegar que entonces era demasiado joven y excesivamente influenciable. El hombre que ahora enterraban, por otro lado, también albergaría, mientras estuvo vivo, sentimientos hacia nosotros que no serían, ciertamente, amables ni considerados. Era lo normal. Aunque es posible que el tiempo ablandaría en él el odio y las ganas de revancha, sin duda justas o al menos comprensibles.
Las cosas habían cambiado, me dije, que era un modo de justificarme, porque era como decir que entonces era todo distinto y por tanto ciertas cosas podían hacerse. Pero bien sabía que aquello era una excusa tonta, sin sentido. Quien había cambiado era yo y también, seguramente, mi inesperado acompañante. Pero aceptar el cambio suponía, en cierto modo, aceptar el error, incluso aceptar la culpa. El bien y el mal bregando por imponerse, era lo que había detrás de todo aquello, lo moral, lo ético, frente a lo amoral, lo inmoral. Disipé, no obstante, esta reflexión, no tenía ganas de lanzarme a unas cavilaciones que, por otro lado, no sabría como desarrollar y me daban miedo. Las cosas fueron como fueron, pensé, ahora no haría lo mismo, claro que ahora, de volver a ser joven y volver a vivir las mismas circunstancias, me faltaría la experiencia y seguramente cometería los mismos errores. Las mismas burradas, rectifiqué para mí. No pude evitar, ¿tal vez tolerar?, el recuerdo del ahora fenecido como víctima de nuestra impunidad. Y no en vano de cierta injusticia esta vez legal, al final y al cabo nosotros fuimos los vencedores y en consecuencia impusimos la ley en nuestro beneficio.
Terminó el entierro. Se formaron corrillos y algunos de los presentes iban de uno a otro saludando a conocidos. Nadie vino a hablar con nosotros, nadie nos conocía. Nos pusimos a andar hacia la salida del cementerio. Sólo entonces me di cuenta de su edad y del deterioro del tiempo que su cuerpo reflejaba a todas luces. Nada que ver con el hombre que fue, pensé. Ahora incluso podía despertar alguna afectuosa estimación producto de la ancianidad. Tendría nietos, pasearía con ellos, les contaría viejas batallas neutras, les aleccionaría sobre el bien y el mal, supuse que algo de todo eso había, aunque no tenía respuestas certeras a mis dudas. Tampoco se las plantearía, quizá porque para sus propias dudas no tenía respuesta.
Tiene contestación a mi pregunta, me dijo en cuanto estuvimos fuera del cementerio. No estoy aquí por cerciorarme, le dije. Tampoco me atormentan los remordimientos, continué poco después, al ver que él no decía nada, aunque a veces creo que debieran atormentarme, añadí. Usted cumplía órdenes, susurró, como si todavía estuviéramos rodeados de personas y debiéramos mantener la compostura, mis órdenes, añadió. Significaría eso que a él si le remordía la conciencia, me pregunté. Sin embargo, no llegué a formulárselo. Supuse que todavía me dominaba el concepto de escalafón presente en toda disciplina militar: los subalternos no podían cuestionar las decisiones ni plantear asuntos que pusiera entre las cuerdas a los superiores. Creí ver que me miraba agradecido por mi discreción. El mundo está mal hecho, afirmó, siempre lo estuvo. Avanzábamos lentos, nuestras miradas en paralelo, sin mirarnos directamente. Fuimos peones en un tiempo infame, confesó. Aunque créame, me dijo, fue toda una confesión que tal vez no esperase, daría lo que fuera por haber podido hablar con el hombre que hemos enterrado y con tantos como él.
Paró ante un coche. El chofer salió y le abrió la puerta de atrás. Fue ese el único momento en que nos miramos a los ojos. Me estrechó la mano y me la apretó. Un gusto verlo, me dijo antes de subir al vehículo, cuídese. Quise creer que en su voz había tristeza y gravedad. Eché de menos, sin embargo, como en una mala película, algo de trascendencia.

Juan A. Herrero Díez



LECCIONES DE COMPORTAMIENTO

Si te oprime en el pecho algo,
si toda tu causa es ser feliz,
si pagastes un precio muy caro,
si piensas tan sólo en ti,
si culpas a la crisis y al paro,
si deseas tan sólo vivir,
si deseas otro mundo raro,
si deseas cambiar tu matiz,
si deseas pasar por el aro
desea la paz para vivir,
desea un mundo logrado
que nace todo para nosotros,
no te des con un canto rodado,
date tregua, sé de los otros,
acaba con lo comenzado,
que la vida respire en tus poros,
encuentra siempre sendero,
desea una paz nunca vista,
ponle música al minutero,
disimula tu vena artista,
no pongas a nada un pero,
vive de manera altruista,
intenta ser siempre sincero,
nunca seas pesimista,
confía en el amor verdadero,
pierde el orgullo de vista,
ocupa si no ves casero,
vive de manera distinta,
renuncia al podrido tablero,
moja tus frustraciones en tinta,
sé tú mismo o sé diferente,
cámbiale a todo la pinta,
vive siempre el presente,
deja que todo exista,
sé un cobarde valiente,
apártate de lo victimista,
intenta tener limpia tu mente,
perdónate a ti mismo la vida,
ríete de lo consecuente,
no hurgues nunca en la herida,
deja tu idea patente,
canta tu canción preferida,
mira siempre al frente,
siente la voz del instinto,
recuerda lo que está ausente,
no digas nunca me rindo,
haz el amor frecuentemente,
cáete de un nuevo guindo,
di te quiero a quien quieres,
no hagas jamás la puñeta,
lucha si siempre tú pierdes,
no te cambies la chaqueta,
recuerda lo que tú eres,
mama siempre de la teta,
encuéntrate si te pierdes,
huye de las alcahuetas,
vive por que nunca mueres,
huye de las fingidas maneras,
refínate si tú quieres,
ama entre las trincheras,
vive esta vida de vaivenes,
haz del amor tu condena,
colecciona distintos sostenes,
sonríele a la oscura pena,
ponle negrura a los papeles,
sé de la alegría mecenas,
traspasa de luz a las pieles,
ponle a tu sordera antenas,
endúlzate con dulces mieles,
lucha contra las cadenas,
hazte fiel a los infieles,
mira la luz de las estrellas
y desea la paz siempre.

Por Cecilio Olivero Muñoz

Una visión peculiar sobre la literatura africana y latinoamericana.
Por Cristian Claudio Casadey Jarai.

Con el fin de legitimar la expansión colonial europea en África se han forjado a lo largo de la época de predominio del hombre blanco sobre el negro extraños conceptos convertidos en “tópicos literarios”. Si bien no se encuentran desprovistos de su realidad, sobrellevan una importancia completamente diferente, de un claro enfoque occidental. Las tradiciones orales, la poesía, el cuento y la leyenda son géneros africanos propiamente dichos, mientras que la novela es importada de Europa.
La africanidad se desarrolla, jamás permanece estática, y al igual que en la América Latina evoluciona y se desarrolla narrativamente como ha sucedido siempre en la historia universal de la literatura.
Continente de grandes contrastes, no es llamado negro solamente por el color de piel de sus habitantes, es por lo impenetrable de su naturaleza, en apariencia exuberante y simple a la vez. La imagen de África como un territorio virgen e imposible de civilizar es a menudo similar a la asociada con Latinoamérica. La misión “educadora” que realizaban las potencias blancas sobre las razas consideradas inferiores, negros e indígenas, quedaba plenamente justificada a los “ojos de la ciencia y de la religión”.
Afortunadamente esos tiempos violentos han quedado en manos del pasado. El momento actual sin embargo, ofrece nuevos retos, más difíciles en cada nueva ocasión. La lucha contra los estereotipos y los prejuicios es uno de ellos.
Asociar a ciertas nacionalidades con algunos defectos, a menudo muy graves, es un recurso harto usado políticamente. Sólo basta recordar todo lo acontecido en las guerras, en la historia. También la literatura sabe aprovechar muy bien aquellos “tópicos”.
El negro e indio vagos y ladrones, el blanco racista y explotador, el judío estafador, el gitano delincuente y muchos más; son tácticas frecuentes para desmerecer a alguien y derramar infamias sobre ciertos sectores humanos.
La literatura africana y latinoamericana actual no ha podido todavía eliminar por completo los presupuestos ideológicos que se establecieron y repitieron hace tanto tiempo. A pesar de todo, se vislumbra una luz muy brillante al final del túnel.
Hoy en día, en especial gracias a internet, una nueva generación de escritores encuentra de una manera más o menos accesible poder expresarse en cierta libertad. Es de admirar como se multiplican los foros y portales literarios, en donde todo tipo de literatura se ofrece al internauta. Bien sabido es que los hábitos de lectura en internet no son los mismos que en el “papel”, pero más allá de toda crítica es destacable la oportunidad que brinda este nuevo medio (no tan nuevo ya) para expresar ideas que serían muy difíciles de exponer en otra manera. De alguna manera, se ha logrado “democratizar” el derecho a escribir, a manifestarse, a tener “los cinco minutos de fama” que tanto menciona Warhol.
Ya no se trata de exteriorizar lo interno, es interiorizar lo externo, volver propia la realidad para poder plasmarla de una manera nueva, una visión completamente diferente. En ese punto se nota una gran diferencia entre la cultura africana, eminentemente colectiva, social, mientras que la latinoamericana es casi completamente individual, personal. Un equilibrio entre ambas es una ardua búsqueda constante.
Los escritores e intelectuales en general no permanecen ajenos al devenir de la historia, de los movimientos sociales ni de sus países. La literatura es un arma poderosa, la cuestión es usarla al servicio de la verdad.


Cabalgo
Corroída hasta los huesos
Espejismo débil de mis fauces
Cabalgo la noche en alazanes de pena
Despinto el sol en las madrugadas.
Me deje ganar por la victoria
Y perdí la partida contra el silencio
En las montañas repose el llanto
Corrompí tu imagen frente al espejo.
Me sacudí los olores de tu encuentro
Y amenace al amor
Cabalgo ahora en alazanes de tu suerte
Ya mi reflejo
Es una
Mentira
Errante
Entre
Ecos
Solitarios.

Por Gabriela Fiandesio


VIAJE A TU CUERPO

Te ves tan indefenso estando dormido... Te queda muy bien eso de "niño grande". Camino alrededor de tu cama, silenciosa en medio de la penumbra. Me agacho para observarte de cerca. No me aguanto las ganas de tocarte. Mis dedos ruedan por tus mejillas. Me provocas ternura. Te estampo un beso en la frente tan leve como el toque de una mariposa. No te quiero despertar. Sospecho que sueñas con otros mundos por la sonrisa que se dibuja en tus labios. Reparo en la mano puesta sobre la almohada. Sigilosamente entrelazo mis dedos con los tuyos. La caricia me estremece. La cercanía de tu boca me turba.

Me arrodillo frente a ti para observarte con más detalle. Con la punta de los dedos recorro tu barba. Acerco mi cara para sentirla pero de pronto te mueves y decido desistir. Observo tu cuerpo semidesnudo y el ir y venir de tu suave respiración. Estás profundamente dormido. No recordarás nada mañana. Deslizo mi mano y acaricio tu hombro. Continúa mi recorrido y llego hasta tu pecho. Cierro mis ojos igual que tú. Quiero grabarme el contacto con tu piel.

Así embelesada sigo hasta tu ombligo. Continuar ese rumbo parece una insensatez. Esto es más fuerte que yo, y después de pensarlo un segundo, me pregunto quién me podría acusar de insensata, si sólo estamos tú y yo. Siento la suavidad de la tela que te cubre. Tu cuerpo se despierta a mis caricias, mas tú sigues dormido, y nunca lo sabrás.

Aparto la mano avergonzada y ansiosa. Y cuando me doy la vuelta para alejarme siento que sujetas mi muñeca. Me halas hacia ti, rodamos y me atrapas bajo el peso de tu cuerpo. Siento tu evidente excitación entre tu cuerpo y el mío. Cubres mis protestas con tu boca y me voy de este mundo feliz.

Correspondo a tus caricias con igual intensidad. Tu cara entre mis manos, tus manos en mis caderas. Poco a poco desaparecen mis ropas sin que lo quiera evitar. Con igual desesperación retiro las tuyas. Tu boca hace excursión por todos mis rincones, mientras yo dejo escapar mil gemidos de pasión, esperando mi turno para reciprocarte. Cuando me llega el momento lo hago con total delirio, asegurándome de arrancarte gritos de placer. Ahora sólo deseo que me hagas vibrar volviéndote uno conmigo...

A lo lejos se escucha la alarma del reloj despertador. ¡Hora de levantarse! ¡Maldición!
Febrero 2008
Por Ruth Evelyn “Jensy” Mendoza

I
Busca en mi juventud
un fuego de viento.
Retrata el color
de aquella expresión
(El viento y el tiempo
han borrado los recuerdos)

Por Gabriela Fiandesio






Crisis del capitalismo.

Por Cristian Claudio Casadey Jarai



¿Quién de mediana edad no se acuerda de la caída del infame Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética?

Muchos realmente no creían que alguna vez fuera a desaparece uno de los imperios más poderosos de la tierra, sin embargo la historia ha enseñado más de una vez como desaparecen civilizaciones y como emergen otras.

La contraparte del extinto gigante comunista parece ser que también llega a su ocaso. El malestar provocado por las incertidumbres económicas, las diferentes crisis que enuncian los medios de comunicación y un creciente descontento general podrían considerarse como los síntomas de una enfermedad que carcome a los países fuertes desde su interior. Muchos culpan a las guerras, a la inmigración, a la corrupción; cualquier cosa es buena como chivo expiatorio. ¿No será simplemente que ha llegado el final de un sistema económico tal cuál lo conoce el hombre? ¿Fin del capitalismo tal vez?

No es muy alocado el planteo. Ya anteriormente hubo quien mencionó (Francis Fukuyama) el fin de la historia.

En su momento fue muy claro para cualquier observador a la distancia el rotundo fracaso del comunismo, no como ideología, pues las ideas siempre se mantienen vivan mientras exista alguien que piense sobre ellas, tal es el caso del anarquismo para dar un ejemplo, en teoría vive y se encuentra posiblemente más vigente que nunca, pero en la vida práctica no se ve ni un tímido resplandor del mismo. Todavía falta mucho que aprender, la humanidad se encuentra en un permanente estado de cambio, a veces puede parecer evolución si se miran los adelantos científicos y tecnológicos, pero claramente es involución al tratar temas de igualdad social y fraternidad entre pueblos. ¿Será el conflicto un elemento siempre inmanente a la naturaleza misma de este cosmos, de esta realidad? Sin desear caer en largas discusiones metafísicas, es también la hora no solamente de un cambio a nivel económico, sino también de uno a nivel personal, espiritual, más allá de cualquier credo y/o religión, más allá del falso ecumenismo que propagan tantas iglesias; un compromiso con la propia esencia humana, con el corazón.

Es momento para que la poesía ablande las almas y abra los ojos a toda aquella verdad que permanece silenciosa y escondida a los ojos de lo cotidiano.




Tinta roja
Los dientes se sacuden/ dentro de mi boca
y queda ese sabor amargo en los labios/
despues del diagnostico fatal.
Regreso siempre, y nunca me he marchado/
Un hombre de mil fantasmas, coraza de piedra/
en año bisiesto/ tu enfermedad es la pureza
llámame antes de la muerte...
Una cadena de elefantes que respiran mi futuro/
un silencio mudo/ y descalzo que me hace
abrir los ojos en medio de esta noche azul.
Alzo los ojos y las manos/ mis dedos pueden alcanzarlo
Tinta roja en el césped...
Tinta roja en las manos...
Una muerte segura...
Un calor que hace que hoy escriba.

Por Gabriela Fiandesio


EL HIPPIE SOÑADOR

...es verdad lo que no conozco...

J.M. Caballero Bonald

Es una tarde de esas
hermosas y también cambiantes.
Los papeles gimen de sol amarillo.
Suena Suzanne en la radio
y los tiempos anuncian revolución;
cabello largo, sol de mediodía
hazme cantar la canción que sabes.
Los pollos negros son pasado,
las alegrías son futuras,
¡El siglo nos llama!
¡Venid todos a verlo!
Las apariencias todas engañan
y es verdad lo que no conozco,
veintitrés años en las rodillas,
un puente de alegre consuelo,
bailan las murallas y los muros suspiran;
¡vamos a cantar la canción de la noche!
¡a ver si la verdad viene pronto!
por que está breves ratos a solas,
respira en nuestros poros de la piel.
Suena a lo lejos la ignorancia,
te dicen unos: ¡Usted no sabe con quien
está hablando!
Te dan ganas de gritar: LIBERTAD.
Algo está cambiando,
¡las rosas nacen con eternas espinas!
Nos las pondremos en el pelo,
bailaremos locos,
viajaremos a la India
y reiremos por los rincones,
permitamos el amor,
suspiremos de los vientos del mundo libre,
andemos llorando de alegría en los patíbulos,
vivamos siempre aprendices de los ancianos,
que la vida corre deprisa en las palabras,
que los cielos son un mundo por ver,
que llamemos olvido a la superficialidad,
que movamos las manos levantadas,
que hagamos el amor de esquina a esquina,
(del lugar al momento),
del mañana hasta el presente,
todos unidos debemos renacer,
miramos otro mundo en nuestros corazones,
queremos el hoy de las armonías,
queremos ver salvajes azules en las miradas,
queremos por que podemos.

Por Cecilio Olivero Muñoz

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