viernes, 26 de septiembre de 2008

7º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



7º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO
EN LA GUINEA


NºVII 27-09-2.008


7º EDITORIAL


LA DELGADA LÍNEA ENTRE
EL CINE COMERCIAL Y EL CINE SOLIDARIO


El cine es una buena forma para combatir las causas injustas en este mundo. Pero, ¿qué sucede cuando lo comercial o lo rentable se pone la máscara falsa de lo reivindicativo o lo solidario?¿Qué sucede cuando el cine relacionado con los contrastes entre norte-sur se vanagloria de combativo y de acusador y de luchar en contra de las dictaduras y el hambre?¿Qué sucede cuando el cine comercial basa su película en un tema tan peliagudo como el de África? Pues bien, lo que sucede es que todo esto deja entrever una realidad usurera y muy poco solidaria con la verdadera raíz del problema africano o latinoamericano. Existen películas estrenadas recientemente como “El último rey de Escocia” o también “Diamante de sangre” que guardan tremenda relación con los problemas que el África tiene, pero deberíamos pensar: ¿todo ese cine es alarmista o contestatario con la realidad africana o es un mero recurso para contar una historia, exprimirle el jugo y sacar la mayor tajada posible? ¿Es este cine solidario y compasivo o es una manera más de hacer caja donde vale todo y toda materia (humana) es buena para ganar dinero?
Hagan esa reflexión. Mediten sobre ello. Quizás haya más causas justas en el mundo a las que Hollywood no hace ni caso o hace la vista gorda o disimula el problema, y sólo cuando hay dinero, es cuando se preocupa por contar una historia verídica o real. También existe un cine solidario y un tanto penoso, como por ejemplo “Ciudad del silencio”, que es un insulto y un atropello para las víctimas de esos asesinatos y los propios sentimientos de los supervivientes.
El cine solidario es en gran medida una farsa, una hipocresía, una manera más de ganar dinero, otra forma que afirma que el pez grande siempre se come al pequeño. Otra manera más de hacernos ver que estos problemas son y serán eternos, de construir resignación ante los males y el (des)orden del mundo. Muestran las consecuencias de las políticas actuales, sus efectos, aunque nunca apuntan a las causas porque esto significaría entrar en contradicción con el propio sistema político y económico, y su solidaridad no llega a tanto. Es muy fácil hacer crítica desde un país cosmopolita y capitalista, es muy fácil rodar una película viendo los toros desde la barrera, es muy fácil hacer demagogia cuando se forma parte del imperio y de las potencias causantes del problema, es muy fácil ser justo cuando se está fuera de lo injusto, es muy fácil hacer cine cuando se está en plena opulencia, por que lo verdaderamente difícil es vivir esa realidad. La realidad de la necesidad o el hambre que es otra forma de ganar dinero para Hollywood.


LA MALA PARTIDA


En boca del mundo no quieras rodar
Al mundialito juega el si y el no
No querrás mañana partida al billar
Tus defectos juzgados como ping pong.
En boca de zafios no oses mirar
Como se juega al sapo tu pena en alcohol
Donde se moja la porra y el paladar
Y vuelva tu pelota como al frontón.
No juegues con fuego o te quemarás
Corazón ligero juega al voleibol
Y al subastao tropieza tu cruel zigzag.
Rodarás serpenteando tu miel al golf
Y el boliche del millón hará crick crack
Donde rueda tu bola al meterte gol.


Por Cecilio Olivero Muñoz


COTIDIANIDAD DE LAS ESQUINAS


Le dio un vuelco el corazón cuando se miró al espejo y no se reconoció. Fueron unos segundos, nomás, pero no pudo precisar por un instante si aquel tipo que vio reflejado en el espejo era él mismo, Juan José Lozano Carranza, por lo que tuvo que murmurar su nombre y repetirlo dos o tres veces en la soledad de su cuarto, ante el espejo, quizá por la necesidad de reafirmarse que de veras era quien poco antes había dudado ser y diluir de este modo todo el horror que sintió. Horas más tarde, cuando se reunió conmigo en el Café del Centro, me dijo que había estado pensando en esos segundos de duda y que tal vez no era olvido lo que le sucedió, sino que se había pegado un susto ante lo que su vida había devenido. No es tan terrible tu vida, le reproché. Reconozco que siempre había sentido un poco de envidia por lo que él había conseguido. Trabajaba de profesor de literatura en un instituto, había logrado una estabilidad que yo no poseía, vivía en un piso grande en el centro que había heredado de su familia, publicaba artículos y críticas en dos o tres periódicos y todo lo que yo veía en él era por completo lo contrario a lo que era mi vida, con trabajos esporádicos, un estudio en alquiler, poco dinero, un montón de escritos en el cajón de la cómoda y realmente nada a lo que sujetarme.
Me miró como si mi reproche no tuviera sentido. No se enfadó ni se molestó, simplemente parecía que no creyera que su vida fuera tan buena como yo se la pintaba. Así me lo dijo, tal cual: no creo que mi vida haya sido ni sea tan buena. Mi cara entonces debió de reflejar una profunda sorpresa, porque enseguida se vio obligado a aclarar lo que estaba pasando por su cabeza. Sólo soy un profesor que da clases más por costumbre que por devoción, me dijo, nunca tuve vocación para ello y mucho menos la convicción de que hacía lo correcto, sino lo que se esperaba de mí y más bien ha sido el miedo lo que me ha empujado en la vida. No supe qué decir, tal vez porque no quería creer lo que escuchaba, así que mi silencio le indujo a continuar hablando de lo que le ocurría y la razón de su repentino desasosiego. A los quince años tuve algunos planes, los mismos seguramente que tienen los muchachos a esa edad, afirmó no sin cierto titubeo, pero no los llevé a cabo, ninguno, mi vida fue estudiar porque era lo que había que hacer y comenzar a trabajar en lo que entonces resultó más fácil.
Estaba claramente en crisis, me lo confesaba de repente a mí, uno de sus amigos, pocos, de toda la vida, con lo que rompía la tradicional imagen de persona sosegada y sin sobresaltos que yo siempre había tenido de él. Toda mi vida no es más que un producto del temor, me volvió a confesar con aparente distancia, como si en realidad hablase de otra persona, no de él, aunque saltaba a la vista que había una herida profunda dentro de sí, temor que ahora se transforma en cansancio, siguió tras un breve silencio con voz a todas luces más triste, rendida y con un más que evidente abatimiento que no era en absoluto fingido, un cansancio que siempre ha estado allí, dijo antes de guardar un silencio que tenía algo de virulento. Miró por la ventana a la calle y por un momento temí que se pusiera a llorar. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. No era yo la persona adecuada, seguro, para darle un consejo o para encauzar lo que podía ser, pensé, una de esas crisis pasajeras que te llegan con la edad o cada otoño. Pero me había escogido a mí, que ansiaba de pronto un mínimo de estabilidad en mi vida porque sin quererlo ni beberlo toda ella había sido un cúmulo de sobresaltos sin sentido, un caos continuo del que quería escapar sin saber nunca por donde tirar para lograrlo.
Temí por un momento que fuera a confesarme algo terrible, que por ejemplo hubiera sido un asesino en serie, que había realizado una estafa inmensurable o que en su vida había algo oscuro y terrorífico que ocultó siempre y que ahora debía contar para no estallar ni desangrarse por dentro. Lo deseé, de hecho, porque me sentía más preparado para algo así, algo que superase con creces una existencia como la mía, tan enmarañada y desatinada, pero por completo mediocre, algo que me hiciera también sentirme de pronto útil, pero no estaba ni de lejos preparado para algo como lo que me estaba transmitiendo, una profunda insatisfacción por la vida, un spleen baudelariano que llevaba sin remedio al más profundo vacío y para lo que yo no podía dar respuesta alguna. Porque a todas luces consideraba que mi situación era peor que la suya, que mi vida era un desastre mientras que la suya rozaba la perfección.
Sin embargo no costaba entenderlo: Juan José Lozano Carranza odiaba su vida ordenada de profesor de literatura en un instituto de provincias, no soportaba la quietud de su casa de toda la vida ni los hábitos creados a lo largo de todos aquellos años de amistad mutua. Odiaba su rutina y la mediocridad generalizada en la que había caído. Me sorprendió sentir piedad por él. Pero le odié porque de pronto se volvió un espejo deformante en el que no quería mirarme.


Juan A. Herrero Díez


COSAS EN EL TINTERO


Qué las cosas que tenga que hacer
No se queden en el negro tintero
Qué quisiera ver al mundo y ver
Todo lo que me parezca sincero.
Qué no quisiera lamentar para ser
Lo que no me dejó ser el dinero
Qué perdoné si aun tuve que creer
A donde siempre encontré un pero.
Qué no me tenga que hacer padecer
Todo lo que antaño me hizo prisionero
Qué vuelvan esas manos a mecer
Un corazón tan mío y tan pendenciero
¿Qué más prueba quieres de mí si querer
Quise dar a personas mi “te quiero”?


Por Cecilio Olivero Muñoz


POR UNA BANDERA


Cuántas muertes por una bandera
Cuántos han pagado el pato
Cuántas gentes de cualquier manera
Murieron en un momento grato.
Cuántas gentes de razón sincera
Dejaron su casa, su vida, su rato
Por una causa un tanto refranera
Que mata a chicos de bachillerato.
Cuántas razones de raíz embustera
Cuánta mentira y desacato
Cuánta verdad tan chicharrera.
Cuánto moribundo que sale barato
Cuánta violencia tan rutinera
Cuánto crimen con su sindicato.


Por Cecilio Olivero Muñoz


A LAS ALMAS SOLITARIAS


El gustazo que da estar tan solo
Bien lo sabe el casado casero.
Lo chachi que es ir de Marco Polo
Y reírte hasta del barrendero.
Y no tener quien te sople la oreja
Y acostarte a las tantas vestido,
Y sacar de la puerta la puta reja
Y hartarte de huevos o embutido.
Ir por el mundo de: ¿Cual moraleja?,
Encontrarle a la vida lo divertido
Sin que te grite ninguna pendeja.
Y te digan por las calles “bien parido”
Y te echas la vida tan pelleja,
Antes que calzonazos y sometido.


Por Cecilio Olivero Muñoz

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