viernes, 26 de septiembre de 2008

7º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



7º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO
EN LA GUINEA


NºVII 27-09-2.008


7º EDITORIAL


LA DELGADA LÍNEA ENTRE
EL CINE COMERCIAL Y EL CINE SOLIDARIO


El cine es una buena forma para combatir las causas injustas en este mundo. Pero, ¿qué sucede cuando lo comercial o lo rentable se pone la máscara falsa de lo reivindicativo o lo solidario?¿Qué sucede cuando el cine relacionado con los contrastes entre norte-sur se vanagloria de combativo y de acusador y de luchar en contra de las dictaduras y el hambre?¿Qué sucede cuando el cine comercial basa su película en un tema tan peliagudo como el de África? Pues bien, lo que sucede es que todo esto deja entrever una realidad usurera y muy poco solidaria con la verdadera raíz del problema africano o latinoamericano. Existen películas estrenadas recientemente como “El último rey de Escocia” o también “Diamante de sangre” que guardan tremenda relación con los problemas que el África tiene, pero deberíamos pensar: ¿todo ese cine es alarmista o contestatario con la realidad africana o es un mero recurso para contar una historia, exprimirle el jugo y sacar la mayor tajada posible? ¿Es este cine solidario y compasivo o es una manera más de hacer caja donde vale todo y toda materia (humana) es buena para ganar dinero?
Hagan esa reflexión. Mediten sobre ello. Quizás haya más causas justas en el mundo a las que Hollywood no hace ni caso o hace la vista gorda o disimula el problema, y sólo cuando hay dinero, es cuando se preocupa por contar una historia verídica o real. También existe un cine solidario y un tanto penoso, como por ejemplo “Ciudad del silencio”, que es un insulto y un atropello para las víctimas de esos asesinatos y los propios sentimientos de los supervivientes.
El cine solidario es en gran medida una farsa, una hipocresía, una manera más de ganar dinero, otra forma que afirma que el pez grande siempre se come al pequeño. Otra manera más de hacernos ver que estos problemas son y serán eternos, de construir resignación ante los males y el (des)orden del mundo. Muestran las consecuencias de las políticas actuales, sus efectos, aunque nunca apuntan a las causas porque esto significaría entrar en contradicción con el propio sistema político y económico, y su solidaridad no llega a tanto. Es muy fácil hacer crítica desde un país cosmopolita y capitalista, es muy fácil rodar una película viendo los toros desde la barrera, es muy fácil hacer demagogia cuando se forma parte del imperio y de las potencias causantes del problema, es muy fácil ser justo cuando se está fuera de lo injusto, es muy fácil hacer cine cuando se está en plena opulencia, por que lo verdaderamente difícil es vivir esa realidad. La realidad de la necesidad o el hambre que es otra forma de ganar dinero para Hollywood.


LA MALA PARTIDA


En boca del mundo no quieras rodar
Al mundialito juega el si y el no
No querrás mañana partida al billar
Tus defectos juzgados como ping pong.
En boca de zafios no oses mirar
Como se juega al sapo tu pena en alcohol
Donde se moja la porra y el paladar
Y vuelva tu pelota como al frontón.
No juegues con fuego o te quemarás
Corazón ligero juega al voleibol
Y al subastao tropieza tu cruel zigzag.
Rodarás serpenteando tu miel al golf
Y el boliche del millón hará crick crack
Donde rueda tu bola al meterte gol.


Por Cecilio Olivero Muñoz


COTIDIANIDAD DE LAS ESQUINAS


Le dio un vuelco el corazón cuando se miró al espejo y no se reconoció. Fueron unos segundos, nomás, pero no pudo precisar por un instante si aquel tipo que vio reflejado en el espejo era él mismo, Juan José Lozano Carranza, por lo que tuvo que murmurar su nombre y repetirlo dos o tres veces en la soledad de su cuarto, ante el espejo, quizá por la necesidad de reafirmarse que de veras era quien poco antes había dudado ser y diluir de este modo todo el horror que sintió. Horas más tarde, cuando se reunió conmigo en el Café del Centro, me dijo que había estado pensando en esos segundos de duda y que tal vez no era olvido lo que le sucedió, sino que se había pegado un susto ante lo que su vida había devenido. No es tan terrible tu vida, le reproché. Reconozco que siempre había sentido un poco de envidia por lo que él había conseguido. Trabajaba de profesor de literatura en un instituto, había logrado una estabilidad que yo no poseía, vivía en un piso grande en el centro que había heredado de su familia, publicaba artículos y críticas en dos o tres periódicos y todo lo que yo veía en él era por completo lo contrario a lo que era mi vida, con trabajos esporádicos, un estudio en alquiler, poco dinero, un montón de escritos en el cajón de la cómoda y realmente nada a lo que sujetarme.
Me miró como si mi reproche no tuviera sentido. No se enfadó ni se molestó, simplemente parecía que no creyera que su vida fuera tan buena como yo se la pintaba. Así me lo dijo, tal cual: no creo que mi vida haya sido ni sea tan buena. Mi cara entonces debió de reflejar una profunda sorpresa, porque enseguida se vio obligado a aclarar lo que estaba pasando por su cabeza. Sólo soy un profesor que da clases más por costumbre que por devoción, me dijo, nunca tuve vocación para ello y mucho menos la convicción de que hacía lo correcto, sino lo que se esperaba de mí y más bien ha sido el miedo lo que me ha empujado en la vida. No supe qué decir, tal vez porque no quería creer lo que escuchaba, así que mi silencio le indujo a continuar hablando de lo que le ocurría y la razón de su repentino desasosiego. A los quince años tuve algunos planes, los mismos seguramente que tienen los muchachos a esa edad, afirmó no sin cierto titubeo, pero no los llevé a cabo, ninguno, mi vida fue estudiar porque era lo que había que hacer y comenzar a trabajar en lo que entonces resultó más fácil.
Estaba claramente en crisis, me lo confesaba de repente a mí, uno de sus amigos, pocos, de toda la vida, con lo que rompía la tradicional imagen de persona sosegada y sin sobresaltos que yo siempre había tenido de él. Toda mi vida no es más que un producto del temor, me volvió a confesar con aparente distancia, como si en realidad hablase de otra persona, no de él, aunque saltaba a la vista que había una herida profunda dentro de sí, temor que ahora se transforma en cansancio, siguió tras un breve silencio con voz a todas luces más triste, rendida y con un más que evidente abatimiento que no era en absoluto fingido, un cansancio que siempre ha estado allí, dijo antes de guardar un silencio que tenía algo de virulento. Miró por la ventana a la calle y por un momento temí que se pusiera a llorar. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. No era yo la persona adecuada, seguro, para darle un consejo o para encauzar lo que podía ser, pensé, una de esas crisis pasajeras que te llegan con la edad o cada otoño. Pero me había escogido a mí, que ansiaba de pronto un mínimo de estabilidad en mi vida porque sin quererlo ni beberlo toda ella había sido un cúmulo de sobresaltos sin sentido, un caos continuo del que quería escapar sin saber nunca por donde tirar para lograrlo.
Temí por un momento que fuera a confesarme algo terrible, que por ejemplo hubiera sido un asesino en serie, que había realizado una estafa inmensurable o que en su vida había algo oscuro y terrorífico que ocultó siempre y que ahora debía contar para no estallar ni desangrarse por dentro. Lo deseé, de hecho, porque me sentía más preparado para algo así, algo que superase con creces una existencia como la mía, tan enmarañada y desatinada, pero por completo mediocre, algo que me hiciera también sentirme de pronto útil, pero no estaba ni de lejos preparado para algo como lo que me estaba transmitiendo, una profunda insatisfacción por la vida, un spleen baudelariano que llevaba sin remedio al más profundo vacío y para lo que yo no podía dar respuesta alguna. Porque a todas luces consideraba que mi situación era peor que la suya, que mi vida era un desastre mientras que la suya rozaba la perfección.
Sin embargo no costaba entenderlo: Juan José Lozano Carranza odiaba su vida ordenada de profesor de literatura en un instituto de provincias, no soportaba la quietud de su casa de toda la vida ni los hábitos creados a lo largo de todos aquellos años de amistad mutua. Odiaba su rutina y la mediocridad generalizada en la que había caído. Me sorprendió sentir piedad por él. Pero le odié porque de pronto se volvió un espejo deformante en el que no quería mirarme.


Juan A. Herrero Díez


COSAS EN EL TINTERO


Qué las cosas que tenga que hacer
No se queden en el negro tintero
Qué quisiera ver al mundo y ver
Todo lo que me parezca sincero.
Qué no quisiera lamentar para ser
Lo que no me dejó ser el dinero
Qué perdoné si aun tuve que creer
A donde siempre encontré un pero.
Qué no me tenga que hacer padecer
Todo lo que antaño me hizo prisionero
Qué vuelvan esas manos a mecer
Un corazón tan mío y tan pendenciero
¿Qué más prueba quieres de mí si querer
Quise dar a personas mi “te quiero”?


Por Cecilio Olivero Muñoz


POR UNA BANDERA


Cuántas muertes por una bandera
Cuántos han pagado el pato
Cuántas gentes de cualquier manera
Murieron en un momento grato.
Cuántas gentes de razón sincera
Dejaron su casa, su vida, su rato
Por una causa un tanto refranera
Que mata a chicos de bachillerato.
Cuántas razones de raíz embustera
Cuánta mentira y desacato
Cuánta verdad tan chicharrera.
Cuánto moribundo que sale barato
Cuánta violencia tan rutinera
Cuánto crimen con su sindicato.


Por Cecilio Olivero Muñoz


A LAS ALMAS SOLITARIAS


El gustazo que da estar tan solo
Bien lo sabe el casado casero.
Lo chachi que es ir de Marco Polo
Y reírte hasta del barrendero.
Y no tener quien te sople la oreja
Y acostarte a las tantas vestido,
Y sacar de la puerta la puta reja
Y hartarte de huevos o embutido.
Ir por el mundo de: ¿Cual moraleja?,
Encontrarle a la vida lo divertido
Sin que te grite ninguna pendeja.
Y te digan por las calles “bien parido”
Y te echas la vida tan pelleja,
Antes que calzonazos y sometido.


Por Cecilio Olivero Muñoz

viernes, 19 de septiembre de 2008

6º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



6º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA
NºVI 19-09-2.008


Editorial VI
Una buena apuesta por la literatura


Ya desde nuestro primer editorial hemos querido mostrar nuestra preocupación por la situación de la cultura en Europa en general, en España en particular. Hay síntomas que pueden llevarnos a un profundo pesimismo: la degradación de la educación con sus resultados más que cuestionables, la mercantilización de la cultura, la (des)consideración de lo cultural como mero barniz con que las administraciones locales, autonómicas y estatales intentan lucirse, la superficialidad de los debates públicos o la chabacanería en la que han caído las televisiones.

No obstante, aun cuando lo anterior es evidente, también apreciamos que se dan algunos cambios en los últimos años, lo que nos permite cierto optimismo. Si nos damos una vuelta por muchas librerías podremos observar que han aparecido nuevas editoriales que apuestan por la literatura de calidad y que comienzan a recoger los frutos de una labor no siempre sencilla. Porque no es fácil llevar a cabo dicha labor. Las editoriales no dejan de ser empresas y las empresas requieren en este capitalismo que padecemos al menos no tener pérdidas económicas y, si es posible, alcanzar beneficios para continuar su actividad. Es cierto que se han reducido los costes de edición en buena medida gracias a las nuevas tecnologías que permiten también, al menos en teoría, un mayor acceso entre los escritores y las editoriales. Pero también lo es que la distribución es costosa, que los índices de lectura no resultan muy satisfactorios, que hubo una crisis del sector de las librerías que por fortuna parece terminada, que hay un exceso de edición (lo que parece en principio contradecirse con el bajo índice de lectura), entre otros problemas.

Las editoriales no se han dejado amilanar por los problemas y han mantenido su actividad. Han conseguido que aparezcan nuevos autores, tanto españoles como latinoamericanos, y que se les pueda conocer y sobre todo leer. Consideramos que han frenado una peligrosa tendencia a la mercantilización de la literatura que se estaba produciendo hace unos años. Es motivo de alegría y celebración. La lista de editoriales es enorme y se distribuye por toda la geografía del país. Algunas se han especializado y la mayoría buscan la calidad en los contenidos y en la edición. Nos resulta imposible presentar aquí un listado exhaustivo de todas ellas, serían muchos los olvidos y no queremos caer en injustas omisiones. Pero nos gustaría que nuestro espacio Bombolom sea una pequeña presentación de todas esas editoriales y de este modo, desde nuestra modestísimas posición, dar a conocer algunos libros que nos han interesado y que queremos compartir.

Por otro lado, la aparición de webs y de blogs de contenido cultural está supliendo la falta de programación cultural en los medios de comunicación de masas, sobre todo audiovisuales. Es una alternativa, aunque clama al cielo que no haya un solo programa de libros en horarios centrales en la televisión por ser éste un medio de un potencial enorme en la difusión cultural. La radio se muestra afortunadamente más ágil en este aspecto.

Sólo cabe por tanto congratularse con esta luz de esperanza y esperar que las nuevas editoriales puedan sortear los problemas y las crisis en la que estamos inmersos para poder gozar de la buena literatura.


A LUCIO URTUBIA
(Soneto)

Un viejo anarquista es un baluarte
Y Lucio quisiera un mundo mejor,
Mundo imposible querer cambiarte
No cambiarás ni de chaqueta ni color.

¿El pueblo no va a ninguna parte?
Con su democracia y su religión,
Otra tregua quizás haya de darte
Ese aquel que creó tu mala prisión.

Fiel anarquista hay que declararte
Y al militarismo una insumisión,
La verdad de la palabra quiere amarte

Y tú no bajas de tu mundo saboteador.
Mundo que es un mundo sin quitarte
La idea de un mundo mucho mejor.

Por Cecilio Olivero Muñoz








Fragmento de un diario, 1949


David ha vuelto a discutir conmigo. Me ha echado en falta mi pesimismo. Dice que soy un fatalista histórico, un nihilista. Le irrita que haya perdido el entusiasmo. Pero ¿qué quiere? No puedo dejar de pensar en lo que pasó. No puedo dejar de sangrarme por dentro. Han pasado doce años y siento que toda mi energía se quedó allá, en España. Ya quisiera yo sentirme de otro modo, compartir la fuerza que él posee, la voluntad para no doblegarme ante la historia. Pero no puedo. Me cuesta incluso hablar de todo ello. En los últimos cinco años sólo con él he comentado algunas cosas, con nadie más. Y cada vez hablo menos porque David se enfada y me reprocha que haya cambiado, que ya no sea el mismo de entonces. A veces me enfado yo también, aunque él no lo nota. Me enfado con él, porque creo que quiere que yo sea de otra manera, pero sobre todo me enfado conmigo mismo porque realmente soy de otra manera. Es cierto: en ocasiones me gustaría haber podido conservar el vigor de entonces. A punto estoy incluso de recuperarlo, así lo creo algunas veces. Pero de nuevo recuerdo lo que ocurrió, me vuelvo a ver en las calles de Barcelona y caigo otra vez en el desánimo.
En todo esto estaba pensando cuando David ha pasado por casa. Ha venido a dejarme algunos periódicos de los que edita su grupo. Le gustaría, me dice, que me incorporara a él. Yo respondo que no, sin más explicaciones. Entonces me reta a un debate. Pero yo no quiero debatir. Es cuando se enfada. Pero esta vez se ha enfadado bastante, como si estuviera ya cansado de insistir y de enfrentarse a mi desánimo. Me recuerda que yo era un buen militante, que era el que más ánimo poseía, sin duda, como si yo no lo supiera, como si no lo tuviera todavía presente, como si no lo recordara, cuando lo recuerdo todos los días. Pero entonces era una persona y ahora soy otra. Es esto, justamente, lo que intento explicarle, aunque no sé cómo. ¿Cuesta tanto de entender? Vi morir a mucha gente, demasiada. Con veinte años no deberías experimentar algunas cosas, tal vez en el futuro sea de otro modo, puede que todo vaya mejor, pero en todo caso con veinte años deberías pensar en otras cosas y no en salvar el pellejo o en tus amigos que mueren. Y esto duele. Incluso en quien posee toda la fuerza de una voluntad revolucionaria. Pero sobre todo lo que más te hiere es que quien te persigue y te mata no sea sólo tu enemigo real, aquel contra quien combates a muerte, sino gente de tu mismo lado que dice compartir, incluso, unos mismos ideales. Esto te hace desconfiar de todo. David me ha respondido que él también ha visto morir a mucha gente, amigos de él, conocidos, personas a quienes estaba vinculado. Y sigue luchando a pesar de todo. Yo he callado. En el fondo le envidio. Pero tampoco puedo dejar de sentirme como me siento. No me veo por ello con ánimo de retomar nada. Creo que vamos de nuevo a la catástrofe. Que todo está perdido. Es terrible aceptar la derrota, lo sé. Te inmoviliza por completo. Te hunde. Pero no lo puedo controlar, es más fuerte que yo y nada tiene que ver con la razón.
No es que esté contento con la vida de ahora. En eso David tiene razón, no podemos conformarnos con la realidad que nos envuelve. Yo no quiero conformarme. Pero no le veo salida. Entonces sí la veía. Estábamos construyendo algo distinto. Recogíamos lo mejor de un movimiento obrero que no sólo se enfrentaba a la estructura del poder, sino que intentaba crear nuevos lazos, nuevas relaciones. Un nuevo mundo, eso decíamos. Crecimos mucho. De pronto, un pequeño núcleo se hizo inmenso. En Burgos no era tan palpable, pero cuando fui a Barcelona para integrarme en la estructura del partido, me di cuenta de lo que estábamos construyendo. Me di cuenta de la altura humana de muchos militantes. La época también acompañaba.
Llegó el dieciocho de julio y de pronto lo que estaba latente saltó a la calle. Fue la revolución. Ahora sé que no fue una fiesta, pero nosotros lo vivíamos como una fiesta. Recuerdo las calles del Borne, los pequeños talleres, las tiendas de mayoristas, las cercanas fábricas, de pronto los obreros salieron a la calle y el barrio se llenó de banderas rojas y rojinegras, de gritos por la libertad y por la revolución. Fui a la sede. Los compañeros acudían con noticias de toda la ciudad. En Gracia, en Sants, en el Clot, en todas partes los obreros salían a la calle. Hubo un momento en que parecía de verdad la revolución. Lo fue. Las noticias iban llegando. Me preocupé de pronto por mi familia, por mis amigos de Burgos. A pesar de mi entusiasmo, me di cuenta que aquello no iba a ser una fiesta, nada más lejos. Y no me equivoqué, por desgracia.
Se lo digo a David muchas veces. Él calla. A pesar de su optimismo, también le irritan las visiones festivas que se han dado de la guerra, de nuestra guerra. Fue terrible, me dice, un infierno. Pero rozamos el cielo. Eso es verdad. Yo también lo vi. Pero luego vino todo aquello, mayo del año siguiente, junio, julio. Las detenciones, todas nos dolieron mucho, pero la de Nin, ¿cómo aceptar la detención de Nin?¿Y las acusaciones, cómo aceptar la sarta de mentiras que lanzaron contra nosotros? Divulgaron calumnias inaceptables, que si éramos la quinta columna, que si estábamos a sueldo del gobierno fascista. Nos tuvimos que esconder. La República nos perseguía. ¿Cómo iba a ser aquello una fiesta?¿Cómo mantener una visión heroica?¿Cómo mantener el tipo hoy y aceptar lo ocurrido, asumirlo como algo coyuntural, como consecuencia de la guerra que dicen algunos?¿Hasta cuando aceptaremos las muertes, todas las muertes, como imperativos históricos, por mucho que en unos esté la razón?
David intenta controlar su ira, me habla, argumenta, y le doy la razón en todo. Pero no es eso, no es que no tenga razón, la tiene, pero le pregunto cómo vamos a mantener el ánimo cuando has visto desplomarse las esperanzas a golpe de mentiras. Llegamos a Francia y nos hicieron el vacío. Los parias de la historia, eso éramos nosotros, los odiados por todos. Mina incluso tus propias convicciones. David me pone mala cara cuando lo digo, pero estoy seguro de que sabe de lo que hablo. Nadie es tan fuerte, sólo un iluminado no tiembla ante una realidad tan sangrante. En el fondo, sé que David me comprende, aunque sea un poquito, aunque se haga el duro, el militante heroico de la Revolución, ha intentado ponerse en mi lugar, lo sé, ver las cosas como las veo yo, sin duda lo ha logrado, entiende algo mi pesimismo, aun cuando no lo comparta.
Se marcha más sosegado. Ha aparcado el mal humor y me dice que vaya el sábado con él y con Lidia al campo a pasar el día. Dice que paso mucho tiempo solo y que no es bueno. Le doy la razón. Me sonríe cuando sale de mi apartamento. Me llama tozudo. Se ríe a carcajadas. Lo veo desaparecer por las escaleras. Me quedo solo. Me doy cuenta de mi vida solitaria. Es verdad. Mi trabajo, mi casa, mis recuerdos, mis lecturas, los límites infranqueables de mi vida. Pienso en España, tan lejos. Seguramente el sábado me iré con ellos al campo. Lo decido: sí, iré. Miro el calendario. 8 de Mayo de 1949. Han pasado ya, me digo, doce años.

Juan A. Herrero Díez



LIBERTAD
(Soneto)

¿Qué tendrá esa facultad natural?
Todo corazón y hombre la desea
Como efluvio y liberado caudal
Como nueva pócima o panacea.

El sendero debe ser un mural
Donde se exprese sea cual sea
La libre emoción magistral
La cumbre sosegada y añacea.

Cual es la verdad tan primordial
Esa verdad vegetal, sincera odisea
Esa verdad de perla fértil de sal.

Ese derecho que se nos ningunea
Esa sentencia de noche neutral
Esa flor furtiva que parte de la idea.

Por Cecilio Olivero Muñoz







REVOLUCIÓN
(Soneto)

La revolución está en las calles
Hierve como un guiso en fulgor
Está parida por miles de madres
Que creyeron en un mundo mejor.

La revolución no es un desmadre
Es una vuelta a la evolución
Es un mundo que no es culpable
De una empresa en desorganización.

La revolución es la única clave
Para nuestra definitiva definición.
Revolución de interés militante

Entre la palabra y el fino tornasol,
La cual, subyace en el aire
Hasta que le cambiemos su color.

Por Cecilio Olivero Muñoz



BORRACHERAS
Y RESACONES

Por las noches borracheras
y por el día resacones,
de pequeño fueron paperas
y en otros presentes sarampiones,
bailaban mis caderas
la melodía de los escorpiones,
a ritmo de rumbas rastreras
enajenaban los avispones.
De todas las ilusiones madreras
la tuya es la que por los rincones
encontraban cremalleras
donde hubieron botones.
Borracho mis pajareras
eran venganzas que descompones,
recordando a los pejigueras
y brindando con esos copones
pasaba las horas enteras
vanagloriando de pares a nones.
En el amor las primeras
y hostiles preocupaciones
fueron ideas bodegueras
de cantar las mismas canciones,
en puticlubs donde rameras
brillaban en habitaciones,
donde esas musas embusteras
vaciaban bolsillos de pantalones.
Pido olvidar a las primaveras,
pido perder mis razones,
pido agrado de las malas maneras,
pido respuestas a los preguntones.
Las vergüenzas eran cegueras
y los reproches sermones,
hubo mala leche de veras,
hubo varias insatisfacciones,
hubo muchas migrañas postreras,
hubo vacíos y decepciones,
hubo, por cierto, iras que desde afuera
yo metía en mi casa a empujones.

Por Cecilio Olivero Muñoz



ME QUIERES

En el mundo existen
muchos placeres sencillos,
placeres que son pequeños:
las risas de los chiquillos,
mecerte entre bellos ensueños,
la simpleza de los bocadillos,
los días un tanto risueños,
la algarabía de los mercadillos,
comer turrones norteños,
esos besos ardientes de tornillo,
fumarte tus caliqueños,
comerte unos pastelillos,
eyacular opacos te amos pequeños,
romper cosas con un martillo,
darte un pequeño festín,
cogerle a la vida gustillo,
los vives y eres feliz
(le buscas ritmo al estribillo).
Las canciones que yo aprendí
llevando vacíos los bolsillos,
me llaman para hacerte tilín,
para pasearme por tu pasillo,
con la dicha de ser para ti
abro por ti cielos y pestillos
y florezco en este abril,
tan feliz que me hago picadillo.
Dices que me quieres a mí,
acaricio sonriente tu bisillo,
breves promesas tus pies,
gracia bonita es tu flequillo,
la seda blanca de tu piel,
me busca en aquel secretillo,
te quiero, todo va bien,
me quieres y me das cuartelillo.
Uno, doce, más de cien,
oigo a lo lejos un grillo,
me retumba allá en mi sien
este suspense amarillo,
ruego que mis niños estén
melosos como pestiños,
dejadme, me dejan ser,
vuelvo siempre a ser un niño.
Me dejan serlo también
en remilgos que yo mismo trillo
corre, corre, viene, ¿quién?
corre, corre que te pillo,
me haces hasta a ti correr,
me peinas con tu cepillo,
me lagrimea la vida fiel
sendero de mi apellido,
prueba este exquisito pastel
pues lo he hecho con cariño,
te quiero, ¿me quieres también?,
me das sazón y me das aliño,
palabra en este papel,
poeta de luna fiel es tu niño.

Por Cecilio Olivero Muñoz

viernes, 12 de septiembre de 2008

5º NÚMERO DE LA REVSTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



Nº V 13.09.2.008
5º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA
5º EDITORIAL
DE LA POESÍA DE CABALLERO BONALD
A LA POESÍA ACTUAL

Se considera la poesía de la generación del 50 como “la poesía referente” en la lucha anti-franquista, siempre resguardada tras el sobrenombre o etiqueta de realismo social y demasiado reprendida por los críticos que lograron encasillarla como la poesía obvia del momento. Hay que decir que debió ser a la fuerza, por la España gris en que se vivía, una poesía muy poco recurrente o muy poco dada a la imagen y más a la descripción narrativa; en ellos cabe destacar a José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald y otros que me dejo en el tintero, y que no son inferiores ni mucho ni menos que los anteriormente mencionados. Pero de todos ellos nos gustaría destacar la poesía del andaluz José Manuel Caballero Bonald por ser una poesía bastante carismática y él (hombre de unos 80 años) un personaje contestatario y muy disconforme con la época que les tocó y nos ha tocado vivir. La obra de Caballero Bonald es tan prolífica y tan significativa que puede llegar a hablar en un ensayo sobre flamenco, y abordarnos con un conocimiento amplio sobre el tema como escribir unas memorias sobre sus antepasados “los acostados”, plagadas de un interés literario extremo, como escribir un poemario de referencia en la poesía actual bastante premiado y halagado como lo es “Manual para infractores”, que además de ser una poesía que roza la metafísica más sustanciosa, es efluvio donde la expresividad más innovadora se transmite de una forma sencilla y totalmente especial.

Pero lo más significativo de Caballero Bonald es que sea un andaluz estandarte y abanderado de la poesía andaluza, y un auténtico cultivador o jardinero de la poesía como un mero ejercicio amparado en el lenguaje, con una impronta personal y propia que emerge de la palabra autóctona que proviene de las calles de su Jerez de la Frontera hasta reencontrarse con la marginalidad del suburbio y el extrarradio andaluz. José Manuel es un poeta amante del flamenco, de las tabernas y tablaos marginales de entonces, y del ambiente singular de los gitanos. Un amante del flamenco puro y de la esencia natural de “la Andalucía sumergida”, que ha pretendido o pretende escribir, según hemos leído, una mitología andaluza, no sabemos si en novela o en verso.

Consideramos a J. M. Caballero Bonald un aliciente más en el interés poético andaluz y un precursor de la literatura actual que nos lleva a poetas como Elena Medel, una poetisa con un extraordinario perfeccionismo en su selección extrema del adjetivo y una poetisa amante de las imágenes que llegan a una mente universal y a la gente poco dada a la lectura, que es a donde debe llegar la poesía del hoy, del ahora, de este tiempo de poesía en conflicto con el ser humano, que no sabemos si es poesía o un acertijo, el cual nos lleva hacia el misterio o la incógnita más insultante. Como también lo es un poeta catalán llamado José Luis García Herrera, que también es un poeta de bellísimas imágenes, y del cual, subrayamos su libro sobre el servicio militar, “Memoria del olvido”, y otro libro publicado llamado “El guardián de los espejos”, de los cuales destaca su perfecta armonía en la palabra meditada y su polifonía de tesoros sonoros que llevan a la liberación imaginativa y la inspiración más elocuente. Luego cabe destacar los medios literarios en las nuevas tecnologías como unos recursos al alcance de todos y que están sembrando la semilla de la nueva literatura del hoy y seguramente del mañana y del pasado-mañana como lo son los blogs y las webs. Y entre ellas debemos destacar blogs interesantes como son los dedicados a la literatura comprometida con el mundo que nos rodea, y pretendiendo construir un mundo mejor, transmiten una poesía cargada de espíritu de lucha reivindicativo que es como debe ser la literatura del hoy, una literatura contra las ofensas de la vida acorde con Cesare Pavese o el propio Caballero Bonald. Continuando con José Manuel Caballero Bonald, y volviendo también a lo antes mencionado sobre el perfeccionismo a la hora de escoger el adjetivo, hay una frase del poeta jerezano que dice lo siguiente: “He perdido la salud buscando un adjetivo”. Yo creo que eso es la batalla primordial que debe entablar un poeta consigo mismo; un poeta es una lucha constante en su interior creativo, un poeta debe estar en sintonía extrema con la palabra, con su palabra, con su lucha y con su origen creativo. Es así como hay que considerar a la poesía actual, lejos de buscar palabras intoxicadas por el surrealismo o el modernismo. La poesía debe ser el lugar donde la búsqueda de la palabra sea la antesala donde la reflexión de cada verso, y la elaboración de cada poema, desemboque hacia una expresividad lingüística donde aflore la inspiración que todo poema necesita, y todo lo que el poeta pueda introducir en ella como modo de expresión propio y personal para que el mismo poeta pueda sentirse expresado debe ser libre de atadura técnica, atadura métrica, y atadura en la forma y en la rima.

***

Nos ha llegado la noticia de la muerte de Isaac Montero, novelista de la generación del medio siglo y que, como los escritores citados al principio, se le ha etiquetado como escritor social. Lamentamos su pérdida e invitamos desde aquí al homenaje de la lectura de su obra.






LITVINENKO DREAM

Bajo las esferas de las humanidades corrompidas
camina un hombre por la acera,
un hombre como todos los hombres,
con la fe por fuera,
con lo único sagrado que le queda,
con la voluntad del muñeco de trapo,
con la monótona canción de las auroras
y las auroras son un breve momento
y bailan solas, y bailan solas, solas, solas;
bajo la luz de complicidad apacible del polonio.
Bajo las cloacas acomplejadas del sendero,
bajo la atenta mirada
del lobo con mirada de cuervo.
El demonio es uno sólo,
es espera, oportunismo y mala leche,
es caminar descalzo y desnudo,
es ahogarse en el cubo de fregar,
es vomitar colonia apachulada
tras la preferida torre que se destinta como un calamar,
que se desmiente por dentro;
que sus putrefactas miserias
los acunarán de por vida me ha dicho la inteligencia.
Hoy te miro a la cara
y no puedo mirarte,
quiero evitar mirarte a la cara
y ver esa profunda y amarga insatisfacción,
esa pesadumbrosa decepción atada a la vergüenza.
Tanta muerte se esconde entre las infusiones del té...,
que sería mejor, exótico sorbo de sed degollada.
Ante la sombra de un plutonio vestido en fragancia,
ante la medio desnuda verdad de la vida,
ante la polémica verborrea de los locutores,
ante el derramamiento de desfachatez del pequeño-burgués;
¡ha muerto un suspiro a punta de indiferencia!
¡ha muerto un inocente a golpe de hipocresía!
Esas dos plañideras hambrientas
que echarse a la cara,
cuando el corazón es arroyuelo que baja ciego,
cuando la fuente es un suspiro muerto a plazos,
cuando la voz es lugar y fecha pintados en la frente,
cuando el amor es un pozo escondido entre la tierra,
y el silencio sepulcral de no verte nunca más.
Es un vacío entre latidos de hojarasca seca,
un vacío de luciérnagas repletas de oscuridad,
de muerte tan súbita como una aurora anunciando
su desmayo,
un vacío de vaso volcado entre las sabanas de la locura,
vacío es sólo vacío.
Y menos vacío es rogarle un beso de amor a la muerte,
más vacío que las luces que te brillan por dentro,
más vacío que la derrota exhausta sentada en un váter.
Puerta tras puerta tocaste campanas y nadie venía;
tocaste entre las alegrías fugaces y entre las incógnitas negras
puestas en par como dos zapatillas,
entre los despertares de acero que viven siempre en domingo,
entre bostezos de paz levantados de una patada,
entre fuegos traicioneros escondidos entre las almohadas,
entre llagas cortadas en juliana con la rapidez de un autómata.
Planto un suspiro por ti
y el primer rayo del sol se alargará hacia tus ojos,
y si no es así..., que mueran los sueños
atados al pesado hormigón
que se hunde en una mar de mentiras.
Por Cecilio Olivero Muñoz

CANELA FINA

(Soneto)

Te quiero mujer de nada heredera
Me gustas por ser de luces madrina
Te recuerdo vigilándome ligera
En la viciosa esquina de mi toxina.

Te busco en la luz de mi primavera
Encuentro tu paz libre y divina
Y aunque sufras llaga de costalera
Finge tu voluntad no ser cansina.

Tu compasión por mí es entera
Es diversión de álbum de pegatina.
Es mi esperanza ilusión madrera

Cuando en soledad busco tu rutina.
Cuántas veces arañé en borrachera
La paz que no hallo en la papelina.

Busco en la paz de tu noche nochera
Al libre paraíso que perdió mi retina.

Por Cecilio Olivero Muñoz





Claveles rojos


Le regalaron flores, un ramo de claveles rojos. Tal vez porque todos debían de saber que a ella le atraían, y mucho, los claveles, aunque no sabía muy bien si fue ella quien lo había comentado alguna vez o era quizá una costumbre, y resultó pura casualidad que coincidiera su gusto con la costumbre de regalar esas flores el último día de trabajo. Porque era el último día de trabajo, su ansiado último día en aquella oficina. Sus compañeros le quisieron dar esa sorpresa, aparente sorpresa, en todo caso, porque ella intuía que algo le iban a regalar, no solían ser muy discretos ni disimulados, pensó, sus hasta ese momento compañeros de trabajo, ya contaba con aquel detalle y con ello tal vez deseaban manifestarle, aunque a ella le sorprendiera, que había sido una buena compañera y que todos la apreciaban allí.
Claro que ella no se sentía así, una buena compañera. Nada más lejos. A pesar de haber estado dos años entre aquellas mesas, colaborando con todos aquellos hombres y mujeres que se despedían ahora de ella con una sonrisa amplia y le decían que le echarían de menos, que le pedían que pasara de vez en cuando a visitarles, incluso hablaron de ir de tanto en tanto a cenar todos juntos para seguir viéndose, lo desearon una y mil veces, y sobre todo que no pierdas el contacto, le rogaron, casi como una súplica, lo único que había sentido en todo ese tiempo fue, primero, una enorme indiferencia y después, cuando pasaron los meses, un inmenso deseo de perderlos de vista para siempre. Por un momento intentó sentirse culpable con toda su voluntad. Al fin y al cabo, consideró, le estaban mostrando simpatía y aprecio, y aun cuando ella no podía corresponderles, se sentía incapaz de la más mínima reciprocidad, se daba cuenta de que por parte de todos ellos cabía la posibilidad de que fueran sinceros y que algunas cosas que ella había visto tal vez sólo fueran figuraciones suyas sin base alguna. En todo caso, si bien mantuvo la compostura en forma de sonrisa y apariencia de simpatía, la verdad es que en ese momento de la despedida no se sentía a gusto, como no lo había estado durante los dos años, se dice pronto, pensó, de trabajo entre aquel grupo de personas que se mostraban tan atentos y afectuosos con ella.
Alguien sacó una botella fría de vino blanco, la descorcharon y el líquido invadió las copas de plástico que dos personas trajeron de inmediato. Hicieron un brindis. Se lo dedicaron. Para ella, sin embargo, escuchar su nombre antes de levantar las falsas copas y beberse el vino de un tirón fue como un sopapo. Peor aún, como un puñetazo en el estomago. Deseó que toda aquella escena se acabara lo antes posible y así poder salir de la oficina para no volver nunca más. Quizá estaba siendo hipócrita, consideró, al mostrarse agradecida o cuando contestaba que sí, que claro, que había que hacer una cena, lo más pronto posible, aunque sabía que jamás la habría, al menos con ella presente, y predecir como si fuera una verdad absoluta que estarían en contacto, cuando era evidente que ella no haría el más mínimo gesto por estarlo, más bien al contrario, evitaría mantener cualquier lazo por nimio que fuera con ellos a pesar del paripé que estaban todos haciendo, porque no dejaba de ser un mero paripé, pensó, que todas aquellas que la criticaban por la espalda ahora mostraban todo su pesar y todos los que la habían tratado como una cualquiera ahora se presentaban como sus amigos más apreciados. Pero se preguntó qué otra cosa podía hacer que seguir el juego a esa convención social de la despedida. Tampoco iba a montar una escena, claro que no, aunque estuvo tentada de montarla, y cantarles a todos las cuarenta después de manifestarles a cada uno de ellos que aquellos habían sido los dos años más siniestros de su vida.
Se preguntó, mientras abrazaba a quienes fueron hasta ese momento sus compañeros, antes de marcharse, si el problema no sería ella y su incapacidad para vivir a gusto. Porque quizá todo partiera de su inadaptabilidad. Siempre era una pregunta que se hacía. Nunca la contestaba, quizá porque no habría respuesta o nunca encontraba el momento de buscar las razones de su falta de cohesión con el mundo o porque siempre consideró que tenía verdaderos problemas para sentirse vinculada con lo que le rodeaba. Le corroían las dudas, aunque cuando los dejó atrás, mientras bajaba en el ascensor y salía de la oficina, ¡por fin!, lo único que pensó es que se acababa la tortura y nada más pisar la calle no pudo menos que sentir un enorme alivio por saber que no los iba a ver más. Cierto es que envidió la sencillez de la gente para aceptar su suerte. No es que su vida hubiera sido, hasta ese momento, dura, ni difícil, simplemente no era feliz y no aceptaba las cosas tal como le venían dadas, sin que por ello hiciera nada por cambiar sus circunstancias. Claro que no todo era culpa suya, de su inadaptabilidad presumible o verdadera. Había que reconocer que cada uno de sus compañeros había sido un pesado, un plasta, un mediocre engreído y que la habían tratado como si fuera estúpida.
Pero ahora todo daba igual. Dejó de lado aquellos pensamientos en cuanto se alejó de la oficina. Sintió alivio por dejar atrás dos años de trabajo y de pronto, como si traspasar la puerta del portal del edificio y verse lejos de él ya fuera cruzar un puente milagroso hacia otro espacio y otro tiempo, olvidó la rabia que le inundara poco antes. Incluso se difuminaron como humo los rostros de sus compañeros, ex compañeros, al cruzar la siguiente esquina. Esta vez se dibujó una sonrisa a todas luces sincera en su rostro. Unos metros más allá abrió el receptáculo de las basuras con que se topó y lanzó en su interior el ramo de claveles de un intenso color rojo y que por primera vez en su vida ya no eran sus flores preferidas.

Juan A. Herrero Díez

LA SEMILLA DEL HAGADÁ

Hay cosas que unen a los hombres
en un mismo trance.
Hay semillas que se plantan sin quererlo.
A veces es necesario
que un tal Dervis Effendi Korkut (musulmán)
salve la vida
a una tal Mira Papo (judía)
para que la humanidad contemple con ojos de satisfacción
que no somos tan diferentes,
que corre la sangre por nuestras venas,
que sufrimos desdichados en la guerra,
que una vida salva a otra
y el tiempo es un justiciero entre el desorden.
No estamos tan lejos unos de otros
y todo suspiro es el mismo aliento en todos los hombres.
¿Por qué la vida es tan curiosa,
y al mismo tiempo, tan misteriosa?
Viejo mundo que brota
desde la probabilidad casual hacia la armonía redentora
de los humanos y su humanidad.

Por Cecilio Olivero Muñoz




CANCIÓN DE PAZ

Sube y baja montañas,
encuentra a tu paso el sendero,
huye de las causas tacañas,
consuélate agarrado a un pero,
absorbe la vergüenza con cañas,
tararea el Himno de Riego,
revuélcate en las telarañas,
inventa nuevas reglas del juego.
No es tan puta la vida
como a veces la cuentan,
en el movimiento existe movida
y todo verano tiene su tormenta.
La llaga de la enfermedad
es un camino minado,
con fiebres de brevedad
andamos lo caminado.
La mentira es una salvación
que cojea en dirección opuesta,
la lluvia es una enajenación
y la arcada se da la vuelta,
el amor prohibido es solo canción
que en el horizonte revienta,
ninguna deuda halla cancelación,
ninguna duda encuentra respuesta,
¡qué sólido aliento es la desesperación!
¡qué vientos golpean a todas las puertas!
Se convive con la guerra,
invisible, ella te baila en la entraña,
¡Mira si esta vida es perra!
¡Mira si tu luna se empaña!
Acostúmbrate a vivir con tu guerra,
acomódate bien la guadaña,
haz de tu patria toda la Tierra,
apaliza a la tristeza con saña,
la paz al hombre se aferra
y el hombre es antigua alimaña
que vive siempre en pie de guerra
leal a la maraña y a la patraña.
La paz es ciega y sorda pared
¡mira como los hombres la arañan!
pon tus cojones en un papel,
batalla perdida los hombres atañan,
la paz está escrita en tu piel,
esa paz que los hombres empañan,
esa paz que no quiere dejar de ser,
esa paz que los hombres enmarañan.


Por Cecilio Olivero Muñoz

viernes, 5 de septiembre de 2008

4º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA



Nº IV 06.09.2.008
4º NÚMERO DE LA REVISTA NEVANDO EN LA GUINEA

4º EDITORIAL
Sobre reconciliaciones,
memorias y desmemorias históricas

El juez Garzón, que ejerce sus funciones en la Audiencia Nacional española, ha subido un peldaño en el debate sobre la Guerra Civil, la represión en los primeros años de la dictadura y la memoria histórica al exigir a la Iglesia Católica el acceso a los archivos sobre desaparecidos. Esta petición ha sido y es polémica, no sólo por lo que respecta a las competencias de la Audiencia Nacional y sus posibles consecuencias judiciales, sino porque ahonda un debate creado a partir de la Ley de Memoria Histórica que aprobó el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero y en un país, España, cuya transición fue fruto en gran medida de cierta “voluntad de olvido” de todo lo ocurrido entre 1939 y 1975, olvido auspiciado por un llamado “espíritu de reconciliación” promovido, por un lado, por un sector mayoritario del aparato franquista que, una vez muerto el dictador, apostó por la democratización y las dos fuerzas entonces mayoritarias de la oposición, PSOE y PCE, por el otro.

No creemos que sea éste el lugar idóneo para un pronunciamiento o para abrir un debate sobre esta decisión del juez y sobre la polémica sobre la memoria histórica, hay otros espacios más adecuados para opinar sobre la oportunidad política de las mismas. No obstante, no podemos mirar a otro lado cuando de la Guerra Civil se trata, no sólo porque aquel conflicto despertó pasiones políticas de las que el mundo cultural español no fue ajeno, sino por lo que significó también en la conciencia de todo el mundo. De allí que gran número de escritores de todos los países asistieran sobrecogidos a un conflicto respecto al cual muchos de ellos se pronunciaron y se comprometieron. Nombres como César Vallejo, André Malraux, Georges Orwell, entre muchos otros -la lista sería enorme- están asociados de un modo u otro a esa guerra. No digamos ya los escritores españoles que vivieron de primera mano la guerra, la sufrieron, muchos se comprometieron políticamente y algunos murieron como consecuencia del odio.

La Guerra Civil significó en el terreno cultural una brecha enorme entre dos etapas, una primera que el profesor José Carlos Mainer calificó como edad de plata de la cultura española, que ocupa los primeros treinta y nueve años del siglo XX, y una segunda etapa, la posterior a la guerra, en la que muchos autores de aquella primera etapa continuaron su obra fuera de España, en el exilio, y dentro del país comenzaron a aparecer nuevos autores, sobre todo a partir de finales de los cuarenta, que tuvieron que enfrentarse a la censura y a la cerrazón cultural pero además iniciaron sus carreras literarias sin apenas contacto con los escritores de las generaciones inmediatamente anteriores. La guerra fue un corte duro que empobreció bastante al país. No podemos olvidar que durante los primeros años del siglo coincidieron escritores realistas, naturalistas, modernistas, la Generación del 98, los surrealistas y la Generación del 27, que hubo también un renacer de las literaturas catalana, gallega y vasca. En este sentido, un buena muestra del ambiente cultural del Madrid de entonces la encontramos en la obra de Rafael Cansinos-Assens «Novela de un literato español»

La guerra vino a disolver con una violencia feroz las esperanzas de cambio social, político y cultural, su propio desarrollo. Supuso un periodo de tinieblas y de opresión cruenta que ahora intentan endulzar a veces como si la historia fuese otra. Creemos por todo ello que es importante recuperar el recuerdo de aquellos que murieron, sean quienes fueran y cualquiera que fuese su condición. Es importante para las familias de los que murieron, pero también para toda la colectividad. Nosotros no partimos del olvido, consideramos que hemos de conocer los fundamentos de nuestra historia no sólo, como dice el tópico, para no repetirla, sino sobre todo porque modela en gran medida lo que somos ahora. Es cierto que la España actual es distinta a la de entonces. Así lo apuntaba Max Aub en «La Gallina Ciega. Diario Español» al escribir sobre su vuelta a finales de los sesenta y no reconocer en el país que visitaba la España que dejó treinta años antes. La diferencia con la España de hoy es mucho más marcada. Pero nos resulta evidente que muchas de las claves políticas, sociales y culturales actuales están determinadas por la guerra y la dictadura que la siguió. Tampoco compartimos la opinión de algunos cuando se oponen a proyectar luz a lo ocurrido porque, dicen, sería “abrir heridas“. Las heridas están allí y no por no hablar se elimina el dolor.

Sin embargo, hay claroscuros en esta voluntad de sacar a la luz a las víctimas de la guerra y de la represión posterior. Nos gustaría que, cualquiera que fuera la posición política que defendieran en su momento, no se discriminara a las víctimas, personas concretas al fin y al cabo, con sus decisiones e ideales compartidos o no. No significa esto que seamos equidistantes y afirmemos que los bandos en conflicto fueran iguales. Sabemos por ejemplo que había una legitimidad política y jurídica, y que el llamado bando nacional se levantó en contra de la República en gran medida para defender los privilegios de unos pocos. Pero también sabemos que ninguno de los dos bloques era homogéneo y consideramos también que hay víctimas ante las cuales algunos sectores, entre ellos algunos progresistas, pasan de puntillas. Andreu Nin desapareció, fue calumniado y finalmente asesinado sin que haya mucho empeño por saber cómo fueron sus últimos momentos y dónde se hallan sus restos, salvo por un pequeño sector afín a las posiciones políticas del dirigente y, no lo olvidemos, buen traductor de literatura rusa al catalán y al castellano. Es loable en este sentido el libro de Ignacio Martínez de Pisón «Enterrar a los muertos» porque nos presenta aspectos incómodos del bando republicano que, sin embargo, ocurrieron y deben ser aclarados.

En definitiva, apoyamos todo proceso que busque dar luz a tanto horror. Pero no queremos que se haga, como tantas cosas, a medias. Hay que honrar a los muertos, pero también hacer justicia. No se puede, creemos, afirmar que la dictadura se sustentaba en la ilegalidad y no anular las sentencias que sufrieron muchos republicanos “por sedición”. No se puede mirar hacia otro lado en aquellos aspectos molestos. A veces tenemos la sensación de que hay demasiado ruido para muy poco. Por nuestra parte, nos gustaría potenciar en la medida de lo posible un ambiente cultural que se pareciese al de esos primeros años del siglo XX en cuanto a intensidad y pluralidad. Aunque somos conscientes de lo difícil del empeño en un país que a veces, nos parece, no quiere enfrentarse de verdad a sus propios fantasmas y ha optado por simplificaciones que poco ayudan a la profundización de la realidad y por un modelo de democracia que cuenta cada vez menos con los ciudadanos.





MEMORIA HISTÓRICA
DE ESPAÑA

Cuántos muertos llevan olvido
escondido entre las duras y frías piquetas,
un olvido callado y con sabor a vacío dolido
que se aposenta oculto en las cunetas.
Olvido es el olvido de un pueblo sufrido
que recorre su paso en la voz de las biznietas,
olvido que olvidó a su muerto podrido,
a olvido saben esas lágrimas de los poetas
que se hacen de polvo entre lo ocurrido,
olvidan su sudor, ya seco, en las camionetas
que llevaban al patíbulo el ladrido
de las rabias negras de las analfabetas,
olvido de tiempo descalabrado y detenido
entre las ingles echadas de las puñetas,
olvido entre hermanos que trepan del olvido,
olvido de las miradas y de las metralletas,
olvido, todo es olvido que se ha perdido
entre los colchones y las viejas maletas,
olvido a lo del todo desconocido,
olvido entre el sol de los planetas,
olvido del recuerdo en un olvido tan herido,
al olvido se seca la sangre de las afiladas bayonetas,
olvido siempre es un descuido tan temido...,
al olvido lo quieren las melladas ruletas,
olvido entre llagas de dolor curtido,
entre el dolor del olvido se topan las escopetas,
se topan con el olvido transmitido
de abuelas, madres, hijas y hasta nietas,
el olvido hace demasiado ruido,
el olvido lo enseñan las alcahuetas,
el olvido es miedo concluido
de los malditos que en tiempos de paz llevan caretas,
miedo es olvido y olvido es lo parido
por mujeres que olvidan cuales fueron sus metas,
olvido es una memoria del olvido
y al olvido besan las sombras entre esas cunetas.


Por Cecilio Olivero Muñoz


ESA MUCHACHA LLAMADA:
LATINO-AMÉRICA

Latino América es una beata
a los ojos de un santo,
que corre loca con alpargatas
y besa mis labios de tanto
[en tanto.
América se me sube por las patas,
es una muchacha a la que le canto
boleros entre las matas
del “te quiero” y del espanto.
Es una muchacha que anda a gatas,
es lamento que quiere ser canto,
es sonora de cumbias, valses y bachatas,
es tapia que se alza en quebranto,
es inocencia entre falacias candidatas,
es olvidar en invierno el manto,
es el fin y la postdata,
es perla negra del llanto,
es muchacha sencilla y mojigata,
es obra desnuda y calicanto,
es una tribu india a la luz de la fogata,
es encanto y desencanto,
es opiata y rumpiata,
es chamanto y adelanto,
es uniata y arriata,
es rosa de amianto y eterno planto,
es mestiza y es mulata,
es el entretanto y es el cuanto,
toda ella es sueño de bronce y carcajada de plata,
es cebiche y es curanto,
es carcocha y es hojalata,
es orquídea y es amaranto,
es una muchacha bella y calata,
es zopilote y es abanto,
es serenata, es sonata, es cantata,
es quetzal y es alicanto,
es chiquilla neonata, es pequeña niñata,
es brebaje de mastranto,
es una muchachilla insensata,
es mata de patata y es hermoso corisanto,
es especial torbellino y catarata,
es gracia grata y es malagracia ingrata,
es mujer que tiene siempre tanto...
es descanso austral y es poeta maganto.

Por Cecilio Olivero Muñoz

PENUMBRA

Les vi llegar por la carretera y luego desviarse por el camino que llevaba directo al caserío. Supuse quienes eran. Desde que volví sabía que más tarde o más pronto se pasarían por aquí. Claro que no tenía nada que temer. Iba a ser un mero trámite, algo normal si me ponía en su lugar.
Los tres coches se pararon delante de la entrada. Yo les esperaba en la misma puerta. Se bajaron y me enseñaron las placas y la orden judicial de registro de mi casa. Uno de ellos llevaba la voz cantante, era el que mandaba. Me dijo que tenían autorización para registrar el caserío y me preguntó si tenía algo que manifestar antes de entrar. Le dije que sólo la mitad de la casa estaba ocupada por mí, el resto se hallaba vacío, y que no iban a encontrar nada. No hizo comentario alguno. No estaba nervioso, sólo incómodo ante la situación. Igual que yo. Les pedí antes de entrar que no desorganizaran mis pertenencias. Al fin y al cabo, pensé, iban a encontrar bastante orden, un par de armarios con ropa, poca, un par de habitaciones con libros bien distribuidos en la estanterías y luego la cocina. No se apure, me dijo el que mandaba. Les abrí la puerta y comenzaron a andar por el pasillo de la planta baja, no sin un cierto titubeo, como si tuvieran antes que reconocer el espacio por el que avanzar. Abajo está la biblioteca y la cocina, les dije, arriba un solo cuarto está ocupado, mi habitación, y un baño.
No sacaron ningún objeto de los armarios, palparon la ropa y observaron si había tabiques. Los libros los hojearon sin moverlos de su lugar. En la cocina sólo hubo una mera observación ocular. Entraron en los cuartos vacíos y salieron de ellos casi de inmediato. El ordenador ni lo tocaron. Entendí que en realidad no buscaban nada. Deduje que ellos mismos asumían aquel registro como una mera formalidad y que sabían de antemano que nada iban a encontrar.
Tiene algún inconveniente en venir a declarar a comisaría, me preguntó el que mandaba. Le pregunté si iba a necesitar abogado. Contestó que no. Ni siquiera añadió el clásico de momento, dicho siempre con el retintín aquel que dejaba entender que iban a por ti, que algo sabían y que acabarías acusado. Le pregunté si podía ir en mi coche. No hay problema, me dijo. Las llaves estaban en uno de los cuartos con libros, el que me servía ocasionalmente de despacho. Entré, luego agarré mi chaqueta en el recibidor. Cuando quieran, les dije. Salimos. Ellos se subieron a sus coches y yo anduve hasta el mío, unos metros más allá.
Por el camino pensé en el que mandaba. No parecía mal tipo. Serio, eso sí, y algo distante, pero se mostraba educado. Tampoco exhibía aspereza o rencor hacia mí, hubiera sido normal, al fin y al cabo el pasado era un peso bastante cargado de odios y recelos, y sin duda alguien cercano a él habría muerto o estuviera herido en algún momento. Él mismo, quizá, hubiera podido ser alguna vez víctima de alguna acción. Debe de saber bastante lo que hay, me dije. Pensé que me gustaría saber algo más de él, de su vida. Desde hacía tiempo me interesaba la vida de la gente, de los míos, de los que fueron los míos, más bien, y de los que habían estado al otro lado, los enemigos.
No tardamos en llegar. Subí a la primera planta. Espere un momento, me dijeron. Me senté en un banco. Contemplé la comisaría, que tenía el mismo aspecto desastrado que todas las comisarías que yo conocía. El que mandaba apareció de pronto tras una puerta. Puede pasar, por favor, me dijo. Me levanté. Entré en su despacho. Me apuntó una silla y me senté. Él se sentó delante de mí, hojeó unos papeles y luego me miró. Cuánto tiempo lleva aquí, preguntó. Tres meses, respondí. No parecía con muchas ganas de interrogarme. Había adoptado un tono más bien acorde a una simple charla, un mero intercambio de información, nada más.
Mire, me dijo de pronto con un tono más firme, aunque sin abandonar un dejo de intimidad que buscaba a todas luces conciliarse conmigo, tenemos la convicción de que usted nada tiene que ver con la organización. Calló, supongo que para saber si yo iba a decir algo. Me mantuve en silencio y entonces él continuó. Es un trámite sin importancia éste de hoy. Por otro lado, somos conscientes de que usted cumplió su castigo, cinco años, ¿no?, y un par de años fuera del país. No obstante nos vemos obligados a preguntárselo de un modo oficial, aunque sé que nunca me respondería afirmativamente, pero ¿tiene usted algo que ver con la organización? No pude disimular una sonrisa un tanto sarcástica. Si tan informados están, le dije, sabrán que discrepé en prisión con su línea política y fui expulsado por ello, además usted vive aquí, habrá visto las pintadas contra mí, ¿de verdad cree que puedo seguir perteneciendo a la organización? No respondió. Volvió a hojear los papeles. Empecé a preguntarme para qué me habían hecho ir a la comisaría. Además, la ciudad era pequeña, había muchos ojos que veían lo que pasaba y sin duda muchos sabrían a esta hora que la policía había ido a mi casa y que yo estaba en la comisaría.
Tiene usted razón, continuó, sabemos todo eso, pero me gustaría saber a qué ha venido aquí, sobre todo si ya sabía que no iba a ser bien recibido. Pensé que para hacerme esa pregunta no había hecho falta llevarme hasta allí. Esta es mi tierra, contesté, llevaba mucho tiempo fuera, ellos saben que yo no soy peligroso ahora para nadie. ¿Ellos?, me interrumpió, entonces ¿está usted en contacto con ellos? Comprendí la razón para hablar conmigo. Querían saber hasta qué punto conocía yo el grado de organización interna, si había hablado con alguien y, sobre todo, si podía dar información. Mire usted, repliqué no sin mantenerme distante y con intención de no parecer irritado, llevo siete años fuera de la banda, no sé más de lo que sabría cualquier persona informada de lo que pasa aquí, además ya se encargan ellos de que no tenga mucho contacto, ya se habrán imaginado que ustedes podrían venir a sacarme datos y no soy ahora mismo una persona de confianza. Comprendo, me dijo y volvió a hojear los papeles.
Quiero que sepa que es el juzgado quien nos ha pedido que hablemos con usted, confesó, por nuestra parte no tenemos nada contra usted. Pero les gustaría recibir cualquier dato que yo pudiera aportar, ¿no es así? Mi pregunta no pareció sorprenderle. Me miró. Me dijo que sí, casi en un susurro. Pues no sé nada, le dije, puede creerme o no, pero no tengo nada que ver con ellos. Ni ganas, añadí. Se había abierto una herida interior. Una herida conmigo mismo. Me sentí extraño, entre sucio y liberado, no lo sabría decir con certeza ni por qué. Me miró como si todavía tuviera una pregunta más que formularme, pero no llegó a hacerla.
Diez minutos más tarde estaba de nuevo en mi coche. Conduje por algunas calles para volverlas a ver, para volver a la pequeña ciudad que tanto había cambiado. Eran pocas las veces que iba a la ciudad. Acababa de llegar y era como si evitara ciertos lugares, a ciertas personas. ¿Para qué había vuelto, entonces? La pregunta me la había formulado yo mismo muchas veces. Siempre sin respuesta. No en vano, seguía en mi cabeza la idea de irme de nuevo del país, lejos, bien lejos del valle, de la ciudad, de todo lo que había sido mi vida. Había regresado hacía tres meses para comprobar si era capaz de enfrentarme a los fantasmas. Lo era, completamente capaz. Estando comprobado, entonces, ¿por qué seguir aquí? Salí de la ciudad y me encaminé por una carretera estrecha hacia mi caserío. Estaba comenzando a anochecer. Me sentí de pronto tremendamente solo.

Juan A. Herrero Díez

MI ORBE EN LA URBE

Mi orbe está en mi urbe
y son los chicos de mi barrio
los que buscan canción que nos disculpe
sintonizan la rumba por la radio
y hacen el desbarajuste
de meterse en los armarios.
Mi orbe está en mi urbe
esperamos inocentes el agüita de mayo
y le echamos alpiste al embuste
nos ponemos con desdicha a diario
unos regatean otros dan su chute
otros hacen breve pedagogía del plagio
y otros juegan al tute
lo mal ganado por lo bien prestado.
Mi orbe está en mi urbe
porque nace fría la crisis del vocabulario
y la ambigua jerga del lumpen
nos enseña a acomodarnos el lomo proletario
recortando estrellas con un cúter
aunque a ratos os parezca estrafalario
pasando de narices de los chutes
y de la basura orgánica del vecindario
van con la prisa vegetal de la costumbre
entre la ruda sombra del sicario.
Mi orbe está en mi urbe
brote generoso del camello y del dromedario
y los chiquillos escupen
los malos aires a vecinos solitarios
lo hacen sin que ni se inmuten
dándoles cansadas patadas al diccionario
para que los futuros se les disimulen
y se rían de un borracho legionario.
Niño, toca las palmas y sube el volumen:
¡Mi orbe está en mi urbe!
Mi barrio es extraordinario
y los problemas se intuyen
somos los palomos ordinarios del extrarradio
donde las Marujas se discuten
los perros se quedan enganchados
dejamos a los curiosos que se pregunten
mientras llenamos de humo los lavabos
dejando atrás nuestro lumpen
y el ambiente gris-asfalto carcelario.
Así es la vida del lumpen...
pues mi orbe está en mi urbe
y ni nada ni nadie se inmiscuye
y nos encuentran bajo la sombra del calendario.

Por Cecilio Olivero Muñoz